Es un precioso día de primavera y celebramos un evento familiar. Una primera comunión.
No practico ninguna religión, sin embargo, aprecio con gratitud aquellos momentos en que los ritos permiten a las personas expresar lo mejor de sí mismas y compartirlo abiertamente con los demás. La celebración de primera comunión a la que asistí tuvo esa rara virtud.
Casi sin que nadie lo advirtiera, una corriente cálida y silenciosa fue creciendo durante las horas del encuentro y acabó cayendo sobre los asistentes como lluvia de abril. Una lluvia mansa que parece no pesar y hace florecer los campos.
Era el amor que esa familia ha ido tejiendo durante años el que se hizo visible y nos alcanzó a todos.
En el curso ordinario de la vida, el amor familiar circula disuelto en mil gestos pequeños: una caricia, una llamada oportuna, una pequeña renuncia personal. El rito, cuando se vive en profundidad, focaliza y condensa toda esa energía, y nos sintoniza a todos en una misma dirección. Esa sintonización es, en sí misma, una forma contemplativa del amor, con independencia del credo de cada uno.
En sentido amplio, cualquier celebración vivida con plena conciencia —una comida familiar preparada con esmero, un concierto en el que la sala entera respira al unísono, una despedida junto a un moribundo— es una comunión.
No es casual que el núcleo de tantos ritos sea, precisamente, una comida. Compartir pan es probablemente la forma más antigua de fraternidad humana; de hecho, la palabra compañero viene de cum panis, el que comparte el pan. Comer juntos es reconocer que dependemos del mismo sustento, que necesitamos para vivir algo que solo cuando lo compartimos puede ser verdaderamente bendecido. Que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, aunque a menudo se ponga el énfasis en lo contrario.
Por otra parte, importa distinguir con claridad cuándo el rito queda reducido a mero protocolo, un acto consumista más o un escaparate de vanidades. Todos hemos asistido a ceremonias formalmente idénticas de las que se sale con sensaciones opuestas. No basta con que se ejecuten los gestos prescritos; es la actitud interna, la sincera comprensión del significado profundo lo que cuenta.
Lo que pude sentir cuando Iván leyó con sensibilidad y voz emocionada unas pocas líneas de agradecimiento, es que el amor orienta y alimenta la vida de esa familia. Orienta y alimenta: brújula y pan. El amor que orienta no se improvisa, es fruto de años de decisiones, de reconciliaciones, de pequeños sacrificios callados. El que alimenta es el que se ha vuelto sustento cotidiano, confianza básica en la vida, paz interior.
Esta celebración en comunión me permitió ver lo que ya estaba ahí, tejiendo la vida en silencio.
Para mí lo sagrado reside precisamente en la autenticidad de ese momento compartido.