Mi nombre es Angel y vine a este mundo en 1950.

Padre de tres hijos y una hija.

Abuelo de dos nietas y dos nietos.

Me licencié en Derecho y pasé más de veinte años inmerso en un entorno profesional muy competitivo y exigente.

Después, simplifiqué mi vida todo lo que pude y me dediqué a compartir mis conocimientos de Tai Chi, Chi Kung, Yoga y Meditación.

La práctica continuada de estas disciplinas me ha aportado vitalidad y paz interior, algo que ahora, en la vejez, agradezco y valoro muy especialmente.

Dice Cicerón en el preámbulo de su tratado sobre la vejez:

Para quienes no tienen ningún recurso interior con el que vivir bien y felizmente, cualquier edad es pesada… Tan grande es la inconsecuencia y la extravagancia de la estupidez humana que todos desean alcanzar la vejez y, una vez que lo han hecho, se quejan de ella…

Cuando ha volado el tiempo pasado, por largo que haya sido, no hay consuelo que pueda dulcificar una vejez estúpida.

Hace ya bastantes años caí realmente en la cuenta de que mucho tiempo había pasado en muy poco tiempo. Empezaba a percibir en mis propias carnes que la vida pasa veloz y ya estaba entrando en la vejez.

Me hice la siguiente pregunta: ¿Quieres ser longevo?

Mi instinto de supervivencia respondió con un rotundo sí, mientras mi mente reflexiva añadió: Pues espabila y prepárate para ser viejo durante mucho tiempo.

Y eso es lo que procuro hacer desde entonces, tratar de ser longevo pero sin estar apegado a la mera supervivencia.

Cuidar mi cuerpo, mi mente y mi espíritu.

Aprovechar al máximo mi curiosidad por conocer y mi ilusión por aprender.

Poner de mi parte todo lo posible para que la belleza, la sensualidad y la creatividad continúen presentes en mi día a día.

Sé que lo mejor no es disimular ni parchear las huellas del paso del tiempo, sino alimentar las fuentes de energía que permiten disponer del combustible vital necesario para emprender vuelo cada mañana, fluir con la danza de la Vida y vivir con plenitud.

Ya he recorrido la mayor parte de mi camino, y creo haber aprendido que la existencia no parece estar hecha para ser comprendida del todo.

Podemos encontrar indicios y destellos, pero la vida es un misterio, el Gran Misterio.

En lugar de alimentar creencias y buscar certezas, he optado por abrazar la incertidumbre, reconciliarme con la finitud y mantener la confianza en la vida.

Es un acto liberador que transforma profundamente la experiencia vital.

Creo que empecé a prepararme conscientemente para ser viejo cuando, con sesenta años, escribí esto:

El paso del tiempo

El espejo me mira descarado, inquisidor,

poniendo el dedo en la llaga, sin concesiones.

Me mira con ojos que son mis propios ojos

y veo, en un rostro envejecido, el paso del tiempo.

Con aires de superioridad indiferente

se muestra impasible, despiadado,

insensible a la herida que, piensa él,

produce en mi alma.

Sé que le gusta jugar, crear espejismos.

Identifica hogar con fachada.

Incita a teñir las blancas tejas

y a soñar que así el reloj se para.

Quizá insinúa que ya ha pasado la vida

y sólo queda futuro sin alicientes.

Que el amor es triste ilusión imaginada

y el sexo aburridos intercambios complacientes.

Suerte que nunca te he hecho mucho caso,

ni por primavera cuando me tirabas florecillas,

ni tampoco ahora que el otoño se acaba

y, cerrando el círculo, llega mi invierno.

Sólo reflejas la apariencia, no la pasión del corazón

ni la íntima realidad de mi mente atenta.

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El cerebro de Einstein