Activismo cotidiano

Angel

Ayer participé en tres actos que, para mí, son tres formas de hacer activismo en favor de la vida.

Por la mañana asistí a la inauguración de una retrospectiva de Roca Bon, pintor que contemplaba el mundo con una mirada profundamente espiritual y supo plasmar esa belleza polifacética en su obra. La muestra se convirtió en un encuentro emotivo entre familiares y amigos, donde el recuerdo del artista flotaba en una atmósfera de alegría compartida. Todos salimos de allí alimentados.

Por la tarde, un concierto de rock organizado para apoyar a una asociación que ha creado un auténtico hogar para animales abandonados o destinados al sacrificio. Más de un centenar de caballos, burros, ovejas, cerdos, perros y otros animales viven allí con seguridad y dignidad. Quien pasea entre ellos percibe claramente la sensación de bienestar que transmiten. Es profundamente reconfortante.

Por la noche, una caminata por la paz en el mundo. Gente caminando unida bajo una fina capa de lluvia, con una intención común. Subimos hasta lo alto de la colina y, contemplando las luces lejanas de la villa, meditamos en silencio sobre algo sencillo y evidente: todos los seres humanos compartimos el mismo ADN, la misma esencia, con independencia de raza o color de piel. En mi interior añadí que también compartimos el deseo de liberarnos del sufrimiento y que, debido a nuestra ignorancia, continuamos perpetuando sin querer las causas del sufrimiento.

En definitiva, tres actividades que son tres formas de activismo, tres modos de decir sí a la vida. ¿Qué hace que contemplar la belleza, apoyar un refugio de animales o caminar por la paz sean, en esencia, la misma forma de activismo?

La ilusión del activismo unidireccional

Existe un activismo que se dirige exclusivamente hacia afuera: cambiar leyes, transformar estructuras, convencer a otros, luchar contra injusticias. Es necesario, sin duda. Las estructuras opresivas son reales. La destrucción del planeta es real. El sufrimiento causado por sistemas injustos es devastadoramente real.

Pero hay algo que el activismo puramente externo tiende a olvidar: nadie puede dar lo que no tiene.

Puedo desear la paz en el mundo y, sin embargo, cargar con violencia interior. Puedo marchar por la paz y, al mismo tiempo, juzgar con dureza a quienes piensan diferente. Puedo defender los derechos humanos ignorando mi participación indirecta en cadenas de explotación. Puedo exigir un planeta libre de contaminación sin revisar mis propios hábitos de consumo.

Es una paradoja dolorosa: el activismo que descuida lo interno corre el riesgo de reproducir, en formas más sutiles, aquello mismo que combate.

El activismo que comienza en la mirada

Contemplar la obra de un artista que supo ver belleza es un acto de resistencia. En un mundo que mercantiliza la atención y nos entrena para el consumo superficial, detenerse ante la belleza —detenerse de verdad, permitir que nos transforme— es un gesto revolucionario. Nos recuerda que hay dimensiones de la experiencia que no se pueden comprar ni vender, que existen más allá de la utilidad inmediata.

La contemplación cultiva algo esencial: una mirada capaz de percibir el valor intrínseco de lo que observa. Cuando desarrollo esa capacidad frente a un cuadro, puedo aplicarla después al observar un animal, un árbol, una persona. Es la misma facultad, la que permite ver sujetos donde otros ven solo objetos o recursos.

Del santuario exterior al santuario interior

El refugio de animales es activismo compasivo en su forma más concreta. Cuerpos rescatados del abandono o del matadero que ahora pueden simplemente vivir en paz. Es hermoso y necesario.

Pero también invita a una reflexión incómoda: ¿por qué necesitamos santuarios?

Porque el mundo cotidiano no lo es. Porque hemos normalizado sistemas donde los seres sintientes se tratan como mercancía. Crear un refugio es admirable; evitar las condiciones que hacen necesarios los refugios sería una revolución más profunda.

Una revolución que exige transformar la propia mirada, los propios impulsos y los propios hábitos. Convertirse uno mismo en santuario: un espacio donde la vida —la propia y la ajena— pueda desplegarse sin violencia.

Privilegio sin culpa, responsabilidad sin evasión

Soy consciente de ser un privilegiado. No elegí las circunstancias de mi nacimiento, así que no siento culpa por ello. La culpa es paralizante, y puede convertirse en excusa para la inacción o impulsar una hiperactividad compulsiva.

Pero la ausencia de culpa no implica ausencia de responsabilidad. Si poseo privilegios que otros no tienen, mi responsabilidad no es flagelarme, sino evitar aprovecharme de esas ventajas y no querer aumentarlas a costa del bienestar ajeno o de los recursos limitados del planeta.

La culpa mira hacia el pasado.

La responsabilidad mira hacia el futuro y pregunta:

¿cómo puedo vivir para no aumentar el sufrimiento en el mundo?

Dos prácticas inseparables

Mi activismo tiene dos facetas que, en realidad, son dos caras de la misma moneda:

La primera es la introspección

Me permite ver con mayor claridad mis propias contradicciones. Cuanto más consciente soy de mis mecanismos —mis miedos, apegos y puntos ciegos—, más capaz soy de mantener una mirada compasiva sobre los demás. Porque reconozco en otros las mismas luchas que encuentro en mí. O peor aún, veo un no saber o un no querer saber que constriñe la conciencia.

La introspección no es narcisismo. Es el trabajo previo que hace posible la acción lúcida.

La segunda, la atención a los actos cotidianos

Para que sean coherentes con mi propósito. No se trata de perfección —la perfección es una trampa—, sino de coherencia progresiva. Cada compra, cada conversación, cada decisión es una oportunidad para preguntarme:

¿esto que hago favorece el mundo que deseo o alimenta el que digo rechazar?

La coherencia no se alcanza de una vez. Se practica cada día, con paciencia, determinación y sin arrogancia.

El activismo que no necesita enemigos

Hay un activismo que se nutre de la oposición: necesita un enemigo claro. Tiene su lugar, especialmente ante injusticias flagrantes. Pero también tiene límites: puede volverse adicto al conflicto, definirse por lo que rechaza más que por lo que construye.

El activismo que integra lo interno con lo externo no necesita enemigos. Se centra en lo que es valioso y merece ser protegido, cultivado y compartido: la belleza, la compasión y la paz interior que permite la paz exterior.

Camino por la paz, no contra la guerra.

Camino hacia lo que deseo, no en contra de lo que rechazo.

Empezar por uno mismo sin quedarse en uno mismo

“Cambia tú y cambiarás el mundo” puede ser una verdad profunda o un eslogan evasivo. La clave está en el “y”.

No es cambia tú en vez de cambiar el mundo, sino cambia tú para poder cambiar el mundo.

El trabajo interior sin expresión externa se estanca.

La acción externa sin fundamento interior se desorienta. A menudo se vuelve frenética, inconsistente y perjudicial.

No puedo compartir una luz que no tengo; pero si logro iluminar mis sombras, esa luz encontrará caminos hacia los demás.

Me encanta conversar. Una conversación inteligente es un placer y un aprendizaje. Pero las conversaciones pueden derivar en polémicas cuando cuestiones identitarias o ideológicas las contaminan. Por eso prefiero actos reivindicativos donde se manifieste el silencio, no las consignas. Me entristece que incluso pedir paz —un deseo universal— pueda convertirse en motivo de disputa en sociedades polarizadas.

Reconozco que estos actos silenciosos no atraen multitudes, pero eso no depende de mí ni me concierne.

La vida cotidiana como campo de práctica

Tal como lo entiendo, el activismo consciente nos interpela en el día a día, en nuestras pequeñas elecciones:

¿Cómo escucho cuando alguien me contradice?

¿Cómo respondo cuando me siento amenazado?

¿Cómo gasto mi dinero, mi tiempo, mi atención?

¿Desde dónde decido: desde el miedo o desde la claridad, desde el ego o desde la ética?

Este activismo contemplativo no confía la transformación solo a los grandes acontecimientos históricos, que tantas veces resultaron menos reales de lo que prometían. Propone algo más radical: que cada momento es el momento, que cada acto, por humilde que parezca, cuenta.

Ayer participé en tres formas de activismo y disfruté de ello, que también es importante. Hoy sigo participando, con cada palabra que escribo y con cada elección que hago. Mañana también.

El mundo cambia cuando cambian las personas que lo habitan. Y las personas cambiamos cuando nos atrevemos a mirarnos con honestidad y a actuar en consecuencia.

Puede que no sea fácil ni llamativo, pero tiene mucho sentido.

Volver al Blog