Vivimos rodeados de información y, paradójicamente, la incertidumbre parece ocupar cada vez más espacio en nuestras vidas. La ciencia, la tecnología y las transformaciones sociales modifican el mundo y también nuestra mente. Los cambios, sobre todo si son acelerados y profundos, alteran el marco de referencia que nos orienta, nuestro estilo de vida e incluso la forma de entendernos a nosotros mismos. No es algo necesariamente negativo. La incertidumbre es consustancial al hecho de estar vivos y ha acompañado siempre a los seres humanos.
Lo nuevo, y más inquietante, es la velocidad de los cambios, la abrumadora intensidad con que irrumpen en todos los ámbitos de la sociedad. La inteligencia artificial es hoy el ejemplo más visible, pero ahí están también el clima, las guerras o la polarización política. Con estos ingredientes se va generando un trasfondo de malestar social que dificulta el pensamiento crítico y la empatía.
A veces pienso que convendría ver las noticias con casco y cinturón de seguridad, para no perder el equilibrio ni hacernos daño. La acumulación de noticias que muestran lo mal que está el mundo eleva la incertidumbre hasta disparar nuestra sensación de inseguridad y vulnerabilidad. Esas noticias suelen ser reales, pero a menudo vienen entreveradas de interpretaciones tendenciosas, medias verdades y alguna que otra falsedad. Además, ocupan casi todo el espacio mediático y dejan en la sombra los innumerables actos de bondad, solidaridad y compromiso con el bien común, que son los que sostienen la humanidad.
Cerrar los ojos a la realidad no me parece buena opción, pero ante la avalancha “informativa” que nos invade constantemente conviene tomar algunas precauciones. Por ejemplo, no pasar horas escuchando opinadores de todo pelaje, ni ver vídeos virales repetidos hasta la saciedad, que solo reafirmen nuestras creencias previas.
Lo que sí hace falta es estar atentos a nuestras reacciones. Cuando lo que vemos u oímos nos produce demasiada frustración, miedo o rabia, conviene tomarse un descanso y serenar el ánimo, porque en ese estado difícilmente pensaremos o actuaremos con la claridad necesaria para contribuir a solucionar nada. El egocentrismo, la ira y el miedo son algunos de los hilos que nos aprisionan y nos convierten en marionetas en manos de quien sabe tirar de ellos.
Socialmente se valora mucho la inmediatez. Sentimos la urgencia de responder, opinar y posicionarnos sin demora. El mensaje corto, el titular y la consigna se han convertido en herramientas habituales para tratar asuntos complejos y de gran trascendencia social, como la sanidad, la educación, la vivienda o la inmigración. Y eso trae consigo superficialidad, simplificación y visceralidad. La duda se asocia a menudo con debilidad, equidistancia o falta de carácter; sin embargo, ya en 1933, ante el ascenso de los totalitarismos, Bertrand Russell advertía: La causa fundamental del problema es que, en el mundo moderno, los estúpidos están muy seguros de sí mismos, mientras que los inteligentes están llenos de dudas.
Reconocer la complejidad permite escuchar, contrastar, revisar nuestras convicciones y mantener abierta la posibilidad de aprender. La incertidumbre deja entonces de ser solo una amenaza para convertirse también en un espacio de exploración.
Empresas, políticos, medios de comunicación y redes sociales compiten por captar nuestra atención. Nos ofrecen su producto, su ideología o su explicación infalible para disipar nuestras dudas y satisfacer nuestros deseos. Pero, sinceramente, creo que es mejor no precipitarse por escapar de la incertidumbre; taparla con certezas huecas no funciona. Lo que necesitamos es mantener la calma, mirar donde no resulta fácil mirar, donde a veces da miedo mirar, y apostar por el diálogo en vez de la polémica.
Y lo primero es mirarnos a nosotros mismos. Puedo desear la paz en el mundo y enemistarme con quien piensa distinto. Puedo defender los derechos humanos e ignorar mi participación indirecta en las cadenas de explotación. Puedo exigir un planeta libre de contaminación sin revisar mis hábitos de consumo. Lo que pienso, lo que siento, lo que hago, ¿favorece el mundo que deseo o alimenta el que digo rechazar? Responder esta pregunta requiere honestidad, valentía y la determinación de no autoengañarnos.
Incertidumbre y confianza parecen conceptos antagónicos, pero no lo son. La vida se parece más a un océano con olas en la superficie y corrientes profundas que a las apacibles aguas de un pequeño lago. El cambio es su esencia; responde a la ley universal de la impermanencia. Si no lo comprendemos, podemos pasarnos la vida braceando para no hundirnos, mientras acariciamos la ilusión de un estanque sin vaivenes al que llamamos felicidad.
Confiar no es soñar un mar en calma, es aprender a navegar entre las olas.
Observar con atención nuestras creencias y ahondar en la conciencia es imprescindible para construir una vida con sentido y una visión de futuro que no se rinda a la distopía ni se deje embelesar por los cantos de sirena de quienes ofrecen quimeras.
La incertidumbre no es el problema, pero puede serlo la forma en que la afrontamos. Nos conviene aprender a navegarla y encarar los retos que tenemos por delante no solo con inteligencia, sino, sobre todo, con más conciencia. Ese es el imperativo, y también la oportunidad, de esta era digital, inquietante y apasionante, que nos toca vivir.