Erich Fromm (1900-1980) fue uno de los pensadores más lúcidos y un auténtico humanista del siglo XX. Dejó un legado de profundas reflexiones sobre el amor, la libertad y la dignidad humana que conservan hoy plena vigencia. El alcance de sus conocimientos y su capacidad de integración le permitieron descubrir las esencias comunes de corrientes muy diversas —y a menudo consideradas contradictorias— como la tradición profética judía, el budismo zen, Marx o Freud.
Esa diversidad revela la amplitud mental de un intelectual que combatió todo dogmatismo y autoritarismo. Fue uno de los primeros en estudiar y denunciar el nazismo, pero también fue crítico con el capitalismo y con el socialismo soviético. Afirmaba que nadie puede “salvar” a su prójimo decidiendo por él. Solo se puede ayudar señalando caminos posibles, con sinceridad y amor, sin sensiblería ni engaño.
El desarrollo de la conciencia, sostenía, permite al individuo descubrir sus energías ocultas y lo impulsa a amar la vida y a crear, apartándolo del egoísmo, la codicia, la violencia y el odio.
El amor como arte
En el prólogo de El arte de amar (publicado en 1956), Fromm advierte que el amor solo puede florecer en una persona madura. Quien no ha desarrollado su propia personalidad está condenado al fracaso amoroso. La satisfacción en el amor personal —dice— exige humildad, valor, fe y disciplina. En una cultura donde estas virtudes son raras, también lo es la verdadera capacidad de amar.
Fromm plantea una pregunta fundamental: ¿El amor es un arte o solo una sensación agradable que uno experimenta por azar, si tiene suerte?
Si es un arte, requiere conocimiento y esfuerzo. Aunque la mayoría de las personas consideran el amor algo esencial, pocos creen que haya que aprender a amar. Se suele pensar que el amor es algo espontáneo, centrado en el azar de encontrar la persona adecuada y no en desarrollar la capacidad de amar.
En una cultura dominada por la orientación mercantil, donde el éxito material es el valor supremo, las relaciones afectivas tienden a regirse por la misma lógica de intercambio que gobierna el mercado de bienes y trabajo. Amar, en este contexto, se confunde con poseer o con obtener satisfacción. Pero para Fromm, el amor no es una transacción, sino una creación.
Aprender a amar
El primer paso, dice Fromm, es tomar conciencia de que el amor es un arte. Y como todo arte, requiere conocer la teoría y dominar práctica hasta llegar al desarrollo de la intuición, que es la esencia de cualquier arte. Esto requiere disciplina, atención, paciencia y verdadero interés.
Entonces surge la pregunta: si lo que más anhelamos es amar y ser amados, ¿por qué dedicamos casi toda nuestra energía al éxito, al prestigio o al dinero, y apenas nada a cultivar el arte de amar?
Fromm advierte que su libro defraudará a quienes esperen una receta fácil. Amar —explica— consiste esencialmente en dar, no en recibir. La capacidad de dar depende del grado de desarrollo personal, es decir, de cuánto se ha vencido la dependencia, la prepotencia o el deseo de poseer, y de cuánto se ha fortalecido la confianza en uno mismo.
Si faltan estas cualidades, el individuo teme entregarse, y por tanto, teme amar.
Los pilares del amor maduro
El amor maduro implica unión sin perder la propia integridad ni la individualidad. Todas las formas de amor —el fraternal, el erótico, el maternal, el amor a sí mismo o a la humanidad— comparten elementos esenciales:
Cuidado, entendido como trabajar activamente por el crecimiento de lo que amamos. Una madre que alimenta a su hijo pero descuida su desarrollo emocional no está ejerciendo verdadero cuidado. Cuidar es atender tanto las necesidades inmediatas como las condiciones para que el otro florezca.
Respeto, palabra que proviene del latín respicere, mirar de nuevo, y que denota valoración y consideración. Solo existe desde la base de la libertad y permite que la persona amada se desarrolle según su propio modo de ser, no según nuestras proyecciones o deseos. Respetar es contemplar al otro tal como es, no como quisiéramos que fuera, y aceptar su derecho a elegir su propio camino.
Conocimiento, porque no se puede respetar lo que no se conoce. Pero no se trata de un conocimiento superficial, sino del saber profundo que crece con la experiencia de unión, con la atención sostenida, con el interés real por la interioridad del otro. Conocer verdaderamente requiere trascender la preocupación por uno mismo y penetrar en la realidad del otro.
Responsabilidad, que no es obligación impuesta sino auténtico interés por responder a las necesidades del otro. Es un acto voluntario, una respuesta sincera a aquello que el ser amado expresa o requiere, incluso cuando no lo pide explícitamente. El padre responsable no espera que su hijo le reclame atención para dársela.
Estos cuatro elementos están entrelazados. El cuidado sin respeto se vuelve invasivo, el respeto sin conocimiento no tiene profundidad, el conocimiento sin responsabilidad es estéril, y la responsabilidad sin cuidado carece de calidez.
El amor no es posesión ni dominio. No consiste en querer que las cosas sean como uno desea, sino en comprender y aceptar lo que se ama en su misma complejidad y dificultad. Amar a alguien no significa moldearlo según nuestras expectativas, sino acompañarlo en su proceso de ser.
Esta actitud vale tanto para el amor de pareja como para el amor a los hijos, a los amigos o incluso a la patria. Amar verdaderamente a algo o a alguien es desear su plenitud, no su obediencia ni su adaptación a nuestros deseos. Solo quien renuncia a poseer puede llegar a comprender; solo quien comprende puede llegar a amar.
La soledad del hombre (y la mujer) moderno(a)
Fromm escribió hace más de sesenta años que el hombre moderno está alienado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un producto, en un artículo de consumo. Vive pendiente de su rendimiento y su imagen, buscando seguridad en la conformidad, sin diferir demasiado del resto. Y sin embargo, se siente solo, invadido por la inseguridad, la angustia y la culpa que nacen del aislamiento interior.
Estas agudas observaciones de Fromm tienen actualmente más vigencia que nunca porque afectan, aquí sí en plano de igualdad, tanto a hombres como a mujeres. Nuestra civilización ofrece múltiples paliativos para esta soledad: la rutina del trabajo, el consumo pasivo de imágenes y sonidos, el entretenimiento incesante, la compra compulsiva de novedades.
Las redes sociales prometen conexión pero a menudo profundizan el aislamiento. Cultivamos una imagen pública mientras la vida interior se empobrece. Las aplicaciones de citas convierten el encuentro humano en un catálogo donde se descarta con un gesto lo que no seduce en segundos. La cultura de la inmediatez nos ha acostumbrado a esperar gratificación instantánea, y cuando el amor —que puede ser lento y requiere paciencia— no ofrece esa recompensa inmediata, se abandona en busca de la siguiente promesa.
Tanto lo material como lo espiritual se convierten en objetos de consumo. La vida emocional queda subordinada a la lógica del mercado. Impera el deseo de cambiar de pareja con la misma facilidad con que se cambia de teléfono móvil. Se persigue una ilusión de plenitud que resulta inalcanzable porque nace de la inmadurez, la frivolidad y la desconfianza.
Cuando la persona descubre que no ha sabido dar sentido a su propia vida, intenta compensarlo dando sentido a la de sus hijos. Pero esa tarea está condenada al fracaso porque el sentido de la existencia no puede delegarse. Solo quien ha encontrado dirección en su vida puede acompañar a otros en la búsqueda de la suya. El amor no puede suplir la falta de sentido, sino que brota precisamente de haberlo encontrado.
Superar el narcisismo
El amor, decía Fromm, es un desafío constante. Un moverse juntos y crear juntos. Que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza, es secundario. Lo esencial es que dos seres se experimenten desde la raíz de su existencia. Solo hay una prueba de la presencia del amor: la profundidad de la relación y la vitalidad de quienes la viven.
La condición más alta para alcanzar el amor es superar el narcisismo. La persona narcisista solo experimenta como real aquello que existe dentro de sí misma: sus propios deseos, temores y necesidades. Lo que está fuera —el otro, con su singularidad— apenas existe como realidad independiente, sino como instrumento al servicio del propio yo.
El narcisista no puede amar porque no puede ver. Su mirada está vuelta hacia dentro, atrapada en el circuito cerrado de sus propias necesidades. Cuando cree amar, en realidad busca su reflejo. Ama en el otro lo que confirma su imagen de sí mismo, lo que le resulta útil o halagador. Pero ese no es amor, sino apropiación.
El polo opuesto del narcisismo es la objetividad: la capacidad de ver a las personas y las cosas tal como son, sin las distorsiones del deseo o del miedo. Es la facultad de reconocer que el otro tiene una existencia propia, una interioridad tan rica y compleja como la nuestra, y que no está en el mundo para satisfacer nuestras expectativas.
La facultad que permite esa objetividad es la razón; y la actitud emocional que la acompaña, la humildad.
El amor requiere desarrollar humildad, objetividad y razón. Solo así deja de ser un impulso ciego para convertirse en una forma de sabiduría. Cuando el amor es lúcido, deja de ser una emoción pasajera para volverse una presencia estable, una forma de mirar y estar en el mundo.
La sabiduría del amor
Erich Fromm reflexionó con claridad y profundidad extraordinarias. Su pensamiento sigue siendo un alimento intelectual de primer orden y un recordatorio de que amar, lejos de ser un sentimiento espontáneo, es una decisión consciente, una disciplina interior, un arte que se aprende toda la vida.
Amar no es entregarse a otro, sino despertar juntos a la vida. Es un arte que se perfecciona en silencio, en la práctica constante de comprender, cuidar y respetar. Como todo arte, exige una mente despierta y un corazón humilde.
Solo quien aprende a amar logra ser verdaderamente libre…, o quizás solo puede amar quien haya aprendido a ser verdaderamente libre.