El valor de lo «inútil»

Angel

Los humanos destinamos nuestra energía a cubrir dos grandes tipos de necesidades: las físicas —que nos mantienen vivos— y las psíquicas —que dan significado y dirección a nuestra vida.

La contemplación es una actitud mental particular que permite acceder a las capas más profundas de nuestra psique. No responde ni a la urgencia ni al pensamiento utilitario. Es atención sin propósito, receptividad sin objetivo, presencia sin utilidad aparente.

Vamos a explorar una paradoja: los logros que más han impulsado el progreso humano, incluida su capacidad de sobrevivir, se han basado en conocimientos que carecían de utilidad para la supervivencia.

La prioridad del cerebro: sobrevivir

La primera obligación de cualquier organismo es seguir existiendo. Por eso, el instinto de supervivencia está inscrito en las capas más profundas y antiguas del cerebro:

  • el tronco encefálico regula funciones automáticas como respirar o mantener el ritmo cardíaco;
  • el sistema límbico gestiona el miedo, la agresividad, el deseo, la necesidad de pertenencia, pero también la curiosidad y el placer;
  • las amígdalas no solo detectan peligros, también modulan la valencia emocional de toda experiencia, marcando qué merece atención y qué puede ignorarse.

Esta arquitectura neuronal opera con un principio claro: si algo amenaza, evítalo; si aporta seguridad, repítelo. Prioriza lo urgente, lo inmediato, lo útil. Perfecto para sobrevivir, pero insuficiente para florecer como humanos.

Sin embargo, incluso en estas estructuras antiguas ya están presentes las semillas de algo más: la motivación por lo nuevo, la atracción por lo desconocido, el impulso exploratorio. El cerebro de supervivencia no es un simple mecanismo defensivo; contiene también la raíz de la curiosidad que luego se desplegará en formas más complejas.

La corteza cerebral y las necesidades psíquicas

La evolución biológica añadió una nueva capa estructural: la corteza cerebral, especialmente el neocórtex. Apareció una forma distinta de vida interna: pensamiento simbólico, imaginación, autoconciencia, sensibilidad estética. Esta parte del cerebro se ocupa de lo que podríamos llamar existencia significativa. Vivir con sentido, profundidad y coherencia, no solo mantenerse vivo.

De aquí nacen las necesidades psíquicas: la búsqueda de belleza, de verdad, de comprensión, de trascendencia. Una vez que cubrimos lo físico, surge una energía interior distinta que no responde al miedo ni a la urgencia. La mueve la curiosidad, el asombro, la necesidad de explorar lo desconocido sin otra razón que el puro deseo de conocer.

Y aquí emerge la paradoja.

Matemática: pensar sobre lo que no existe

Pocas historias ilustran mejor esta paradoja que la de las matemáticas.

Una vez que las civilizaciones antiguas aprendieron a contar, medir y pesar, ya estaba cubierta la parte práctica: agricultura, comercio, construcción. Desde la lógica utilitaria, no era necesario ir más allá.

Pero los matemáticos siguieron pensando.

Continuaron inventando estructuras abstractas que no servían para nada: los números primos, los irracionales, los imaginarios, los espacios no euclidianos, las funciones complejas, las geometrías imposibles, los conjuntos infinitos.

Parecía un ejercicio de pura especulación: juegos mentales, curiosidades sin aplicación, pensamientos que no alimentaban ni protegían a nadie.

Sin embargo, pasaron los siglos y el tiempo reveló algo extraordinario: la estructura profunda de la realidad descansaba exactamente en esas «inutilidades»:

  • los espacios no euclidianos permitieron a Einstein formular la relatividad general
  • los números imaginarios son la base matemática de la mecánica cuántica y de toda la electrónica moderna
  • los números primos sostienen la criptografía que protege nuestras comunicaciones digitales

El progreso material más espectacular ha surgido precisamente de este conocimiento «inútil».

Música: la exploración de lo imposible

Johann Sebastian Bach dedicó años a explorar combinaciones armónicas que muchos de sus contemporáneos consideraban innecesariamente complejas. Experimentó con estructuras que rozaban la pura abstracción matemática: fugas vertiginosas, cánones especulares que funcionaban como espejos sonoros y modulaciones que empujaban las reglas de su tiempo hacia territorios desconocidos.

No componía para ser más eficiente ni para resolver problemas prácticos. Exploraba territorios sonoros por pura necesidad interior. Hoy comprendemos que estaba cartografiando espacios tonales cuya belleza no reside en su utilidad, sino en su capacidad de conectar con dimensiones profundas de nuestra sensibilidad.

Filosofía: pensar lo impensable

Cuando René Descartes se encerró a dudar metódicamente de todo lo que creía saber, no estaba resolviendo ningún problema inmediato. Su meditación parecía el colmo de la inutilidad: ¿para qué preguntarse si el mundo exterior existe realmente?

Sin embargo, esa cavilación «inútil» terminó siendo el fundamento del método científico moderno: la duda sistemática, la exigencia de evidencia, la distinción entre lo verificable y lo especulativo. La ciencia contemporánea descansa sobre aquella pregunta aparentemente absurda.

La actitud contemplativa: acceso a lo profundo

Todas estas actividades —matemáticas abstractas, música experimental, filosofía especulativa— comparten algo esencial: requieren un estado mental muy específico para emerger.

No surgen de la urgencia ni de la necesidad inmediata. Emanan del silencio, de la atención sostenida, de lo que podríamos llamar contemplación creativa: un estado de receptividad atenta donde la mente puede explorar sin presión, sin objetivo, sin utilidad predeterminada.

Durante los estados contemplativos:

  • disminuye la actividad de las áreas asociadas a la supervivencia inmediata (amígdala, redes defensivas)
  • se activa la red de conciencia interoceptiva y de integración emocional
  • aumenta la conectividad en áreas prefrontales asociadas a la claridad, la metacognición y la perspectiva amplia
  • se desactiva temporalmente el «modo automático» con el que navegamos la vida cotidiana

Es el espacio donde la mente puede expandirse sin límite porque no tiene propósito. Donde emerge lo nuevo, lo inédito, lo creativo.

Músicos que inventaron armonías transformaron la sensibilidad humana. Filósofos que se preguntaron por el ser empujaron a la ciencia a comprender la realidad con mayor rigor. Matemáticos que jugaron con abstracciones imposibles construyeron, sin saberlo, los cimientos del mundo tecnológico.

Todos ellos accedieron a esa dimensión a través de alguna forma de contemplación: un estado donde el pensamiento se libera de la tiranía de lo útil.

Tiempo para los hobbies

La sociedad contemporánea tiende a confundir lo «inútil» con el ocio y el entretenimiento, que a menudo resultan muy poco útiles.

El ocio moderno —streaming continuo, redes sociales, consumo de contenidos, entretenimiento pasivo— no es contemplación creativa. Es en muchos casos justo lo contrario, una forma de anestesia que hace más llevadera la existencia limitada a mejorar la supervivencia.

Trabajamos para ganar más, para comprar más comodidades, para acumular más seguridad. Y cuando la presión se vuelve insoportable, nos evadimos con entretenimiento. El ocio se convierte así en el complemento perfecto del productivismo: descansamos para volver a producir, nos distraemos para volver a funcionar.

Muchas veces he oído decir que la jubilación es la etapa para «por fin dedicarse a los hobbies». Este anglicismo, tal como lo usamos en español, sugiere que aquello que más nos gusta hacer —lo que despierta nuestra curiosidad, nuestra creatividad o nuestra serenidad— pertenece al territorio de lo secundario, de lo prescindible, de lo que solo se permite una vez cumplidos los deberes «serios» de la vida. Se reduce así a simples aficiones o pasatiempos: actividades agradables pero consideradas accesorias, casi un lujo tardío y no parte esencial de una vida plena.

Esa distinción es, en el fondo, un signo de ignorancia sobre lo que de verdad importa.

Hemos construido una cultura que coloca en el centro lo productivo y relega a los márgenes lo que nutre. Llamamos hobby a aquello que podría haber sido la columna vertebral de una existencia más plena. Y esperamos a la jubilación para concedernos el derecho de hacer lo que nos hace sentir vivos. Posponemos para el final lo que más sentido podría habernos dado desde el principio.

Esta dinámica mantiene intacto el modelo de supervivencia ampliada sin cuestionarlo jamás. El entretenimiento nos permite seguir en la rueda sin preguntarnos si queremos seguir girando.

Lo «inútil» requiere exactamente lo contrario:

  • no es pasivo sino profundamente activo, aunque a veces no se perciba
  • no distrae sino que concentra la atención
  • no busca evasión sino presencia
  • no busca comodidad sino comprensión
  • no busca olvidar sino ver con más claridad

Leer filosofía con atención sostenida no es ocio, es un ejercicio exigente de pensamiento. Escuchar una sinfonía de Mahler con presencia plena no es entretenimiento, es una experiencia de inmersión que requiere disposición interior. Meditar no es relajación, es entrenamiento en la atención desnuda. Contemplar el movimiento de las nubes no es perder el tiempo, es recuperar la capacidad de asombro.

La diferencia es radical: el ocio refuerza el modelo de supervivencia; lo «inútil» nos libera de él.

Confianza y libertad interior

Sin embargo, no todas las personas tienen las mismas condiciones para que su energía vital no se agote en el plano de la supervivencia.

Hay quienes viven con lo que podríamos llamar confianza básica: una certeza interior, no siempre consciente, de que no necesitan acumular constantemente para sentirse seguros. No están movidos por la ansiedad del dinero ni por la sed de poder. Esta confianza —que puede tener raíces en la infancia, en la cultura, en experiencias vitales o incluso en el temperamento— libera energía que puede volcarse hacia otras dimensiones.

Por el contrario, hay quienes viven con inseguridad fundamental: una sensación crónica de que nunca hay suficiente, de que la amenaza acecha siempre, de que solo la acumulación constante puede protegerlos. Esta ansiedad consume toda la energía vital. La mente está permanentemente ocupada en calcular, anticipar, defenderse. En ese estado, la contemplación creativa resulta casi imposible. ¿Cómo detenerse a pensar sobre números imaginarios cuando el cerebro está en alerta constante?

La búsqueda obsesiva de dinero y poder es, en gran medida, un intento de calmar esa inseguridad fundamental. No se trata solo de necesidades materiales legítimas. Se trata de una adicción psicológica que nunca se sacia. Siempre se necesita más, porque lo que realmente falta no es dinero o poder sino paz interior.

Las personas atrapadas en esta dinámica dedican toda su energía —inteligencia, creatividad, tiempo, atención— a la acumulación infinita. Y cuando llega el agotamiento, lo que buscan no es contemplación sino anestesia: entretenimiento que apague temporalmente la ansiedad sin tocar sus raíces.

No hago un juicio moral, es una observación sobre cómo funcionamos. Donde hay inseguridad profunda, la energía se contrae hacia la supervivencia; donde hay confianza básica, la energía puede expandirse más allá.

Dicho esto, la confianza básica no es solo privilegio de nacimiento ni determinismo absoluto. Puede cultivarse. Las prácticas contemplativas —meditación, introspección, presencia plena— son, en parte, entrenamientos en la confianza: aprender a habitar la incertidumbre sin inquietud, a soltar el control sin colapsar, a ser sin necesitar constantemente validación externa.

Pero seamos realistas: quien está atrapado en la supervivencia extrema, quien carece de lo básico, quien vive bajo amenaza constante, no tiene las mismas posibilidades. No es falta de voluntad. Es que la ansiedad neurobiológica captura toda la atención. Por eso las tradiciones contemplativas siempre han insistido en la importancia de condiciones mínimas: no se medita bien con hambre extrema ni con terror permanente.

Lo que sí podemos reconocer es esto: en las sociedades que han logrado garantizar cierto nivel de bienestar material, muchas personas siguen atrapadas en la acumulación infinita no por necesidad real sino por inseguridad psicológica. Tienen suficiente para vivir dignamente, pero la ansiedad les dice que nunca es suficiente. Y así dedican décadas enteras a ganar más para comprar más para acumular más, sin preguntarse jamás para qué.

Esta es una forma particular de pobreza: tener medios pero carecer de libertad interior.

Las personas que logran liberarse de esa trampa —no porque sean mejores, sino porque algo en su historia vital o en su configuración psicológica se lo permite— disponen de energía para otras dimensiones. Pueden leer filosofía, explorar matemáticas abstractas, meditar, contemplar la belleza, preguntarse por el sentido, crear sin utilidad.

Son estas personas las que históricamente han impulsado la cultura, la ciencia, el arte, la espiritualidad. No porque sean más inteligentes ni más virtuosas, sino porque su energía no está secuestrada por la ansiedad de supervivencia.

Una tarea para todas las edades

Lo «inútil» no puede dejarse para más adelante. No es algo a posponer para cuando tengamos tiempo, para la vejez.

Es mejor empezar a cultivarlo ahora, en cualquier momento de la vida en que nos encontremos.

Es cierto que la segunda mitad de la vida puede ofrecer condiciones más favorables —menos presión por establecer seguridad material, más experiencia acumulada, cierta liberación de las urgencias que dominan la juventud—, pero esas condiciones no son una garantía de nada por sí mismas.

La cuestión no es la edad sino la orientación interior.

Podemos vivir toda una vida sin salir nunca del circuito supervivencia-comodidad-entretenimiento. O podemos, desde muy pronto, ir abriendo fisuras en ese circuito cerrado: momentos de silencio, lecturas que nos desafían, preguntas que no tienen respuesta útil, experiencias estéticas que nos transforman.

No hay que abandonar las responsabilidades ni negar la importancia de la supervivencia material, se trata de no reducir la vida entera a ese único registro. Reconocer que hay otra dimensión de la existencia —lo «inútil», lo gratuito, lo contemplativo— que es precisamente lo que nos hace plenamente humanos.

En esa dimensión también se necesita decisión, disciplina y compromiso. Requiere apagar la pantalla, silenciar el ruido, crear espacios vacíos donde pueda emerger algo distinto. Resistir la tentación del entretenimiento fácil para abrirse a experiencias que exigen más de nosotros.

La longevidad adquiere más sentido cuando integra el valor de lo «inútil».

Es mejor no esperar a la vejez para empezar a vivir de otro modo. Cultivar a lo largo de la vida esa capacidad de apreciar lo profundo en medio de lo urgente, permite llegar a la segunda mitad de la existencia con una sensibilidad ya educada, con la atención entrenada y una calma mental asentada.

La contemplación no sirve para sobrevivir.
Sirve para vivir de otro modo.

Y ese «otro modo» no es un lujo que nos permitimos cuando todo lo demás está resuelto.
Es la dimensión esencial que da sentido a todo lo demás.
Es lo que convierte la mera duración en vida consciente.
Es lo que transforma la longevidad en plenitud.

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