Gaza: Más allá de las palabras

Angel

A través de las pantallas, imágenes de sufrimiento humano atraviesan continentes y se instalan en nuestras conciencias, generando una mezcla compleja de empatía, impotencia y urgencia moral. Gaza se ha convertido en uno de esos lugares dolorosos donde la humanidad contempla su propia fragilidad.

Estoy convencido de que a la gran mayoría de las personas se les encoge el corazón al ver las imágenes que llegan desde allí. Y, al igual que yo, se sienten abrumadas ante la magnitud del sufrimiento. Con independencia de su ideología o posición política previa.

El laberinto de las palabras

Buena parte del debate público reciente sobre la crisis en Gaza se ha centrado en una disputa semántica: si lo que ocurre debe llamarse genocidio, masacre, crimen de guerra o conflicto armado. El término elegido parece convertirse automáticamente en un marcador ideológico. Quien emplea una palabra se percibe alineado con un bando; quien utiliza otra, con el contrario.

Este juego de definiciones para enmarcar la realidad, a menudo es un elemento de distorsión y enfrentamiento que nos dispersa ante lo esencial: la escalada de sufrimiento insoportable que estamos presenciando desde octubre de 2023.

Las disputas terminológicas, por legítimas que sean, pueden transformarse en cortinas de humo que nos alejan de lo que debería ser el centro de atención: la dignidad violentada, las vidas truncadas, el dolor que no entiende de fronteras ideológicas.

La trampa del odio enquistado

Estamos ante un conflicto profundamente enquistado, cargado de décadas de odio que alimentan la guerra por un territorio que los dos bandos consideran suyo por razones históricas, culturales e incluso divinas. En condiciones tan adversas resulta extraordinariamente difícil llegar a una paz estable y duradera que, estoy convencido, es lo que desearían la mayoría de las personas si la buena voluntad no estuviera soterrada bajo capas de odio institucionalizado y manipulación política sistemática.

El actual gobierno de Israel es responsable directo de la matanza —llámale genocidio, masacre o lo que prefieras— que se está llevando a cabo en Gaza. La desproporción en la capacidad destructiva es innegable, y con ella la responsabilidad de quien ejerce esa superioridad militar. Tampoco tengo dudas de que si Hamas —que gobierna Gaza— tuviera capacidad militar suficiente, aplicaría también métodos brutales a gran escala. Hamas declara abiertamente que su objetivo principal es la desaparición del estado de Israel. Aunque, insisto, esto no justifica en ningún caso la actuación del gobierno de Israel.

Cuando lo humano se politiza

Las personas experimentamos una necesidad natural de expresar rechazo ante la violencia extrema. Las convocatorias públicas pueden ser un intento de canalizar el dolor y la indignación hacia alguna forma de acción colectiva.

He participado en algunas de estas convocatorias, a nivel local, no porque creyera firmemente que fueran a transformar la realidad geopolítica, ni por una necesidad personal de «hacer algo», sino por apoyar a personas que conozco y aprecio por su innegable honestidad y buena intención. Es esa autenticidad humana lo que me mueve a acompañarles. Este tipo de gestos tienen su razón de ser, más allá de mi escepticismo sobre su eficacia para resolver la situación.

Creo que lo más valioso en estas convocatorias sería recalcar que participamos como personas anónimas, despojadas de banderas, siglas y etiquetas partidistas. Solo como seres humanos que comparten una convicción elemental: que ciertas formas de violencia resultan inaceptables para cualquiera que mantenga un mínimo de sensibilidad moral y buena voluntad. La palabra “PAZ”, con los colores de las banderas palestina e israelí sería una buena declaración de intenciones.

Esta aproximación cobra especial relevancia en un momento histórico caracterizado por niveles extremos de polarización política. Si no preservamos conscientemente estos espacios de neutralidad humana, inevitablemente serán absorbidos por la lógica partidista, y perderemos la oportunidad de expresar juntos un rechazo moral que, en el fondo, nos hermana.

Cuando las fuerzas políticas organizadas comienzan a participar y hacerse visibles en estas convocatorias, el equilibrio se quiebra. En cuanto una ideología específica se apropia del evento, otras tienden a quedarse fuera por principio. El espíritu inicial —abierto, transversal, genuinamente humano— corre el riesgo de fragmentarse en los pedazos habituales del tablero político.

Soy consciente de que quienes están profundamente comprometidos con una u otra narrativa verán esta propuesta como elusiva, pusilánime o ingenua en el mejor de los casos. Pero no me dirijo a ellos, sino a quienes creen que la buena gente está en todas partes y que la verdad no es algo absoluto. Reconozco que en las condiciones actuales resulta difícil pensar así, pero es precisamente por eso que quiero poner el foco en algunos ejemplos de colaboración humana en medio del conflicto.

Experiencias que inspiran esperanza

Ya he dicho que el conflicto israelí-palestino lleva décadas enquistado en ciclos de odio y violencia que parecen perpetuarse generación tras generación. Ambas poblaciones han crecido inmersas en narrativas de victimización y enemigo absoluto, donde la desconfianza mutua se ha convertido en parte del paisaje mental cotidiano. Sin embargo, incluso en este contexto aparentemente imposible, brotan testimonios extraordinarios de personas que se niegan a dejarse atrapar por la lógica del odio. Son aquellos que logran superar las barreras raciales, culturales y religiosas para poner en valor su naturaleza humana común.

Son estas personas las que marcan el camino a seguir:

Las Mujeres de Negro representan quizás el ejemplo más emblemático. Desde 1988, mujeres israelíes se visten de luto y guardan silencio en espacios públicos para condenar toda forma de violencia en el conflicto. Su protesta, extendida posteriormente a otros países, prescinde deliberadamente de banderas, consignas partidistas o afiliaciones políticas. Solo el duelo compartido, la vestimenta negra como lenguaje universal del dolor, el silencio como forma de dignidad que trasciende las palabras.

Los equipos mixtos de emergencias médicas constituyen otro testimonio poderoso. En situaciones críticas, paramédicos y médicos israelíes y palestinos colaboran para salvar vidas sin preguntarse por la nacionalidad o las creencias de quien necesita ayuda. En esos momentos desaparece completamente lo político y emerge lo esencial: atender al herido, proteger al vulnerable, preservar la vida humana como valor supremo.

Iniciativas como la West-Eastern Divan Orchestra, fundada por Daniel Barenboim y Edward Said en 1999, reúnen a jóvenes músicos israelíes y árabes para tocar juntos. La música, con su exigencia de escucha mutua, coordinación y armonía, se convierte en un laboratorio vivo de convivencia. Durante los ensayos y conciertos, las identidades políticas se subordinan a la necesidad compartida de crear belleza.

Estos ejemplos adquieren una dimensión especial cuando comprendemos las condiciones extremadamente desfavorables en las que surgen. Si quienes viven directamente el conflicto —que han perdido familiares, han crecido bajo ocupación o amenaza constante y han sido educados en la desconfianza hacia el otro— son capaces de encontrar formas de conexión humana que trasciendan la división, ¿cómo a nosotros, que contemplamos el sufrimiento desde la distancia, nos cuesta tanto propiciar por encima de todo esa acción común?

Lo humano puede prevalecer sobre lo ideológico cuando se le permite manifestarse en su forma más pura. Existen maneras de encontrarnos en lo esencial sin que ningún grupo político, religioso o nacionalista se apropie de ese encuentro.

Rechazar la violencia, aliviar el sufrimiento ajeno, sostener la dignidad humana como principio irrenunciable, no debería necesitar etiquetas ni banderas para expresarse. Estas convicciones básicas forman parte del patrimonio común de la especie, independientemente de las diferencias que nos separen en otros terrenos.

Ayudar a visibilizar y apoyar estas iniciativas es, para mí, de las pocas cosas que los ciudadanos normales y corrientes podemos hacer por Gaza.

La normalización del horror y el olvido 

Existe una dimensión particularmente siniestra en todo esto: la propuesta de convertir el territorio devastado en un destino turístico de lujo, mientras todavía se está procediendo a la destrucción sistemática de todos los edificios y a la masacre de sus habitantes. Revela la catadura no solo de los que tienen la idea, sino de la extensa cohorte que ya se relamen y se preparan para sacar provecho.

Apostaría a que si Israel lleva a cabo sus planes de arrasar completamente Gaza y después comienza a reconstruirla como enclave turístico, en pocos meses Gaza habrá desaparecido por completo del foco mediático internacional. La dinámica es previsible y escalofriante: primero la destrucción, después la transformación económica, finalmente el olvido programado.

Tenemos ejemplos recientes y dolorosos de esta mecánica. Sudán, con sus más de 150.000 muertos y 12 millones de desplazados, ha prácticamente desaparecido de la atención mundial. Yemen, después de años de genocidio silencioso, apenas genera titulares. Siria se convirtió en una nota al pie una vez que el horror se «estabilizó». La lógica es siempre la misma: el sufrimiento masivo captura la atención mediática solo mientras es «novedoso», pero una vez que se normaliza o se transforma en «desarrollo económico», los medios y con ellos la opinión pública mira hacia otro lado.

Más allá del ruido

Me resulta difícil saber si puedo hacer algo que sea una ayuda real para la población de Gaza, más allá de apoyar a las organizaciones humanitarias o expresar con claridad y honestidad mi propia visión del conflicto. Esta incertidumbre puede generar una sensación persistente de impotencia y frustración, que tampoco contribuye a mejorar nada.

Además, existe la tentación sutil de creer que expresar públicamente solidaridad con los oprimidos y rechazar la violencia, nos convierte automáticamente en mejores personas que los que no lo hacen. Esta catalogación moral es peligrosa porque contribuye a la polarización, “nosotros” versus “ellos”. 

Es mejor hacer el siempre necesario ejercicio de observar nuestras propias contradicciones cotidianas.

Si tanto sufrimiento ajeno sirve como combustible para que yo examine más a fondo mi interior y actúe de forma más consciente sobre mí mismo y mi entorno cercano, entonces creo que puedo afirmar que sí estoy haciendo algo genuinamente positivo. Algo que, de alguna manera, repercute en la mejora del mundo, aunque sea a una escala microscópica.

El resto —las disputas semánticas interminables, la polarización política instrumental, las estrategias de poder que convierten el dolor ajeno en capital electoral— constituye ruido que nos aleja de lo fundamental.

Si logramos mantener vivo ese núcleo de humanidad compartida, si resistimos la tentación de dejarnos fragmentar por las divisiones habituales, quizás podamos ofrecer algo valioso: un espacio donde el rechazo a la violencia no pertenezca a nadie en particular, y por eso mismo nos pertenezca a todos.

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