La vida es movimiento, un flujo constante de experiencias, emociones y transformaciones. Como en una danza, nos encontramos entre la complejidad y la simplicidad, entre el equilibrio estático y el dinámico, entre la seguridad de lo conocido y la incertidumbre del cambio. Aprender a moverse con gracia en esta coreografía infinita es una de las claves para vivir con plenitud. Es un proceso de exploración y autoconocimiento en el que la música no siempre será de nuestro agrado, a veces será desconcertante y puede que repentinamente cambie el ritmo.
Vivir con armonía en un mundo complejo
La realidad está tejida de innumerables hilos entrelazados. Cada decisión, cada relación, cada pensamiento es parte de una complejidad que a veces nos abruma y por este motivo es importante distinguir entre complejidad y complicación. La complejidad es inherente a la vida y se manifiesta en la interconexión de múltiples elementos, la complicación surge cuando añadimos resistencia, rigidez o miedo al proceso.
Aclarado este punto es mucho más fácil entender la importancia de vivir con sencillez.
Elegir un estilo de vida conscientemente sencillo nos ayuda a ver la abundancia en lo esencial. Cuando las personas tienen sus auténticas necesidades vitales cubiertas, se sienten aceptadas, queridas y seguras. Es lo que siempre andamos buscando en las distintas etapas y circunstancias de nuestra vida, porque sentirnos así nos aporta una clara sensación de plenitud. Sin embargo, como estamos en un proceso de aprendizaje, al principio nos seducen los cantos de sirena que nos hacen desear el máximo éxito y riqueza material por encima de todo. Entonces, como le pasó a Ulises en su viaje a Itaca, aumentan los conflictos, nos alejamos de nuestro objetivo y nos invade una incómoda sensación de vacío y escasez que tratamos de paliar a base de comodidades y entretenimientos.
Cuando nos resistimos a la naturaleza de los acontecimientos y nos empeñamos en que se ajusten al estricto marco de nuestros deseos, creamos obstáculos innecesarios que dificultan la armonía y producen el efecto contrario al deseado: nos alejan de nuestro objetivo más sustancial que es sentirnos en paz con nosotros mismos.
Equilibrio homeostático
A menudo imaginamos el equilibrio como un estado de quietud absoluta, una postura firme e inamovible. Sin embargo, en la naturaleza y en la vida, el verdadero equilibrio es dinámico, como un surfista que ajusta constantemente su posición en la tabla para seguir el flujo de las olas. Nuestro cerebro, y con él el resto del cuerpo, se mantiene permanentemente alerta y activo para conseguir la homeostasis, es decir, el estado de equilibrio de todos nuestros sistemas vitales.
A menudo caemos en el error de querer garantizar nuestro bienestar construyendo una rígida estructura a nuestro alrededor, para protegernos de los cambios y vicisitudes de la vida. Nos aferramos a lo conocido porque nos da seguridad. Construimos rutinas, hábitos y creencias que nos hacen sentir que tenemos el control. Sin embargo, cuando nos empeñamos en permanecer enclaustrados en nuestra zona de confort, como un bailarín que repite siempre la misma coreografía sin atreverse a explorar nuevos movimientos, nos estancamos y la vida se vuelve anodina en el mejor de los casos.
El cambio es la esencia de la vida, y aceptarlo es aprender a danzar con lo inesperado. Como en el surf, no podemos controlar el mar pero sí observar atentamente para entender sus movimientos, prever el ritmo de las olas y encontrar el momento preciso para deslizarse sobre ellas.
Fluir con la vida
Fluir no es un concepto fácil de interpretar. Pasa lo mismo con la idea taoísta de Wu Wei, que suele traducirse como ‘no-hacer’. No se trata simplemente de dejarse llevar por los acontecimientos y esperar pasivamente a que las cosas sucedan. Es algo más complejo e interesante: supone actuar en armonía con el flujo natural de la vida, sin forzar las circunstancias. Profundizar en el autoconocimiento, experimentar la calma mental y reforzar la confianza nos lleva a comprender mejor, y sobre todo a sentir, qué significa fluir con la vida.
Cuando conscientemente dejamos de luchar contra la complejidad y entendemos que es mejor aceptarla para poder aprender a convivir armoniosamente con ella, entonces ya empezamos a fluir. No se trata de resignación sino de comprensión. Cuando aceptamos desde la confianza y la calma, dejamos de lado las quejas y lamentaciones y centramos la atención en poner en marcha un proceso para cambiar todo lo que queremos mejorar. Esta aceptación nos fortalece, nos libera de lastres innecesarios y hace que podamos enfocar nuestra energía en lo que verdaderamente importa.
La vida nos invita a entregarnos a su ritmo sin exigirnos entender cada giro. Nos sugiere escuchar atentamente, sentirlo y aprender a movernos con espontánea sencillez al ritmo de la complejidad, en busca de un permanente equilibrio entre la estabilidad y el cambio, entre la seguridad y la aventura.
Cuando dejamos de resistirnos y aprendemos a fluir, encontramos una armonía más profunda, un ritmo propio dentro del gran compás del universo. La verdadera sabiduría no consiste en imponerse a la vida, sino en aprender a danzar con ella.
Para fluir con la vida hay que actuar como un agricultor sabio y consciente. Tenemos que conocernos bien a nosotros mismos porque esta es nuestra tierra de cultivo, entender el clima cambiante de nuestras emociones y circunstancias, y aprender a sembrar con paciencia en los momentos oportunos. El agricultor no lucha contra la tierra, sino que la observa, la cuida y trabaja con ella. Del mismo modo, quien ama la vida y fluye con ella no la fuerza ni trata de someterla, sino que la acepta en su misterio y confía en su curso.
El agricultor experimentado sabe que no todas las semillas pueden germinar en cualquier suelo o estación. Comprende que hay tiempos de siembra y tiempos de cosecha, que el esfuerzo y la espera son parte del proceso. De la misma manera, quien fluye con la vida sabe que hay momentos de acción y otros de quietud,
Puede pasar que la tormenta arrase los cultivos, la sequía impida el crecimiento o que una plaga destruya lo que con tanto esmero se había cuidado. Pero el agricultor no se rinde, porque su amor por la tierra es más grande que la frustración de una mala cosecha. Aprende de los desafíos, ajusta sus métodos y vuelve a sembrar con la misma determinación. Así, quien ama la vida la acepta incluso en la adversidad, comprendiendo que cada caída es una lección y que, con paciencia y dedicación, siempre habrá una nueva oportunidad para florecer.
No se trata de exigirle a la naturaleza que produzca a nuestro antojo, sino de colaborar con ella para obtener lo mejor sin explotarla. Quien fluye con la vida la ama en su totalidad, con sus estaciones de abundancia y sus períodos de escasez y sabe que la confianza es el mejor abono para que todo lo sembrado dé fruto cuando sea el momento adecuado.
Por eso, como dice el aforismo: «Si quieres ser feliz toda la vida, cuida tu huerto«. Ama la vida, aprende sus ritmos, respétala y confía en ella, porque cuando fluyes con la vida, es imposible no enamorarse de ella.
Te invito a reflexionar sobre esta sencilla estrofa que escribí hace mucho tiempo y que forma parte esencial de mi cosmovisión.
Fluir con la danza de la vida
es estar de la vida enamorado
amarla aun sin comprenderla
confiar en ella aun desesperado