La noticia invisible

Angel

Acabo de leer una noticia estremecedora que pasa casi desapercibida. Es la que aparece en la imagen.

Una tragedia que, en la mayoría de los medios, se resuelve con una simple nota de agencia en las páginas interiores. Los periódicos parecen más interesados en ofrecernos un aluvión de pormenores sobre una disputa política —una más entre tantas— que tiene lugar en el Senado. El contraste es abrumador.

Sudán, escenario de un genocidio hace dos décadas, vuelve a ser testigo de limpieza étnica, violaciones sistemáticas y hambre utilizada como arma de guerra. Y, sin embargo, esta tragedia inmensa permanece invisible para la mayor parte del mundo.

Hay algo profundamente perturbador en esta doble vara de medir. Hemos llegado a un punto en que la relevancia de una noticia depende de la proximidad, el morbo o la rentabilidad informativa. La muerte masiva de desconocidos a miles de kilómetros no vende, salvo que el foco mediático esté temporalmente puesto allí, como ha ocurrido con Gaza o Siria. En cambio, lo que siempre resulta rentable es el enfrentamiento, la crispación y la palabra altisonante.

Cuando tanto sufrimiento se convierte en simple ruido de fondo, el tejido moral de la sociedad se deshilacha. La indiferencia es la antesala de la barbarie. Esa misma anestesia emocional es la que permite que los horrores se repitan una y otra vez sin provocar un verdadero estremecimiento colectivo.

Los medios de comunicación tienen el poder de construir el mapa de lo que consideramos real. Si una noticia como esta solo merece unas cuantas líneas semiocultas, habrá que preguntarse a quién sirven esos medios. Y también tendremos que preguntarnos qué dice de nosotros —como sociedad, como humanidad— que una masacre de más de 460 víctimas en un hospital maternal apenas merezca más atención que unas pocas líneas perdidas en la jungla informativa en la que vivimos.

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