Luz en la oscuridad

Angel

Hace ya infinitos años, en el piso de estudiantes donde vivía, pusimos un póster en la pared. «Póster» era entonces un término moderno, casi provocador. Cada uno de nosotros escribió una frase sobre él. Yo elegí un verso de Omar Khayyam, poeta, matemático y astrónomo persa del siglo XI, considerado un librepensador:

«Más vale el eructo de un borracho que el rezo de un hipócrita.»

Esta frase me había impactado. No por su irreverencia, sino porque apuntaba a algo profundo: la lucidez sin concesiones, la sinceridad sin maquillaje. Aquel gesto juvenil fue, sin saberlo, una declaración de intenciones que me acompañaría durante décadas.

¿Qué significa ser un librepensador?

Un librepensador no es necesariamente un provocador ni un contestatario, aunque con frecuencia sus opiniones lo sitúen en esa posición. Es alguien que aspira a pensar con lucidez, es decir, con profundidad, agudeza y coherencia. Alguien que se obliga a estar atento, incluso cuando sería más cómodo mirar hacia otro lado. Alguien que intenta ser valiente sin ser temerario, que no huye de la complejidad ni se aferra a las respuestas rápidas.

Ser librepensador es una aspiración tan difícil como estimulante. Exige trabajo interior, disposición al error, y sobre todo, la voluntad de no dejarse arrastrar por las corrientes dominantes, aunque eso implique remar contracorriente mientras otros se dejan llevar por la comodidad de la deriva.

La incomodidad inevitable del pensamiento auténtico

Pensar —pensar de verdad— a veces duele. No es extraño que muchos pensadores lúcidos se hayan vuelto ásperos, irónicos o solitarios. A veces, junto al talento aparece la ira; otras veces, la tristeza o el desencanto.

En vez de fomentar el pensamiento crítico, los sistemas de poder intentan neutralizarlo induciendo estímulos más cómodos para nosotros y más útiles para sus intereses. Primero nos modelan el gusto y luego nos sirven pensamientos prefabricados, fáciles de digerir —o mejor dicho, de tragar. Ideas escuetas, sin molestos matices. Es la antesala del soma que Huxley distribuyó generosamente en su Mundo feliz.

Lo digo sin virulencia. Estoy más interesado en despertar conciencia que en demonizar al poder. Porque estoy convencido de que cuanto más lúcidos sean los ciudadanos, más lúcidos acabarán siendo sus dirigentes. El cambio no es inmediato, pero es profundo. 

Nuestra propia lucidez será la mejor protección ante supuestos «lúcidos» que prometen soluciones simples a problemas complejos. Ya sabemos cómo suele terminar eso.

La diferencia entre independencia y oposición sistemática

Confieso que tengo vocación de librepensador. Me gusta ir a mi aire, pero no busco llevar la contraria por principio. Ir contra todos es agotador y, muchas veces, estéril. Lo que no quiero —y nunca quise— es convertirme en un tronco a la deriva, arrastrado por cualquier corriente que pase por delante.

Pensar desde la libertad que ofrece la lucidez —o con la lucidez que nace de la libertad— no es solo una cuestión de inteligencia. De nada sirve tener una mente brillante si está oscurecida por emociones no reconocidas, prejuicios inconscientes o heridas sin sanar. Por eso, el pensamiento libre exige también una mirada hacia dentro, una atención constante al propio mundo interior.

El verdadero librepensador no es quien critica todo por costumbre, sino quien desarrolla la capacidad de discernir cuándo adherirse, cuándo cuestionar y cuándo simplemente observar sin juzgar.

Transformar los demonios internos en compañeros de viaje

Algunos grandes pensadores han descrito con precisión sus demonios internos. Menos frecuente es encontrar a quienes han sabido transformarlos en aliados. A esos últimos trato de escuchar con especial atención.

A la lucidez intelectual hay que añadir un compromiso real con el cambio, con la evolución personal. Solo entonces los demonios se apaciguan, se transforman o incluso colaboran en nuestro desarrollo. Las emociones no son buenas ni malas en sí mismas, pero pueden ser nutritivas o perturbadoras. Conocerlas, comprenderlas y aprender a reorientarlas es parte esencial del camino hacia una libertad auténtica.

El miedo, por ejemplo, puede paralizarnos o puede alertarnos de riesgos reales. La ira puede destruir o puede darnos la energía necesaria para defender lo que valoramos. La tristeza puede hundirnos o puede abrirnos el corazón a una comprensión más profunda de la vida.

Un descubrimiento que lo cambió todo

Uno de los momentos más reveladores de mi vida fue comprender que los seres humanos no somos esencialmente buenos o malos, sino más o menos ignorantes. Puede parecer una obviedad, pero para mí, que venía de un entorno centrado en la culpa y en la idea de que las personas no cambian, fue una verdadera revolución interior.

Esta comprensión me trajo mayor paz interior y una herramienta práctica para navegar las relaciones humanas. Cuando alguien actúa de manera dañina, ya no me pregunto «¿por qué es tan malo?», sino “¿qué le hace sufrir? ¿qué no está viendo? ¿qué le falta comprender?».

La ignorancia no es un estado esencial del ser, sino una condición circunstancial y, por tanto, modificable. Esta perspectiva me ayudó a desarrollar una compasión más genuina, a evitar muchos conflictos innecesarios y, paradójicamente, a ser más efectivo cuando la confrontación era inevitable.

La calidad de luz que elegimos

La ignorancia nos hace caminar a oscuras, tropezando una y otra vez con la misma piedra. Para orientarnos, necesitamos luz. Una luz que puede venir del conocimiento, sí, pero también de la sensibilidad que nos permite apreciar la belleza y reconocer la bondad incluso en contextos difíciles.

Hay diferentes tipos de luz. Está la luz fría del análisis puramente racional, que ilumina pero no calienta. Está la luz artificial de las ideologías, que ofrece claridad aparente pero proyecta sombras engañosas. Y está la luz cálida de la sabiduría, que nace cuando el corazón y la mente colaboran en el desarrollo de la conciencia.

Iluminados por esta última, nuestro recorrido no tiene por qué ser un valle de lágrimas. Puede ser —como diría un budista— un sendero de aprendizaje gozoso, una senda de buena fortuna que se construye paso a paso, con paciencia y con la alegría serena de quien sabe que cada grado de comprensión que alcanzamos beneficia a toda la humanidad.

El compromiso del librepensador

Al final, ser librepensador implica un compromiso con la verdad, aunque incomode; con la coherencia, aunque complique las cosas; con la compasión, aunque a veces parezca ingenua; y con la esperanza, aunque los acontecimientos a menudo parezcan empeñados en negarla.

No es un camino fácil, pero sí es un camino luminoso. Y en estos tiempos de polarización y simplificación, quizás sea uno de los más necesarios.

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