Memoria histórica: el reto de recordar sin dividir

Angel

La memoria histórica es imprescindible. Sin ella, una sociedad pierde su raíz moral y se expone a repetir los errores del pasado. Pero tan importante como conservar la memoria es hacerlo con transparencia y honestidad, pensando en el bien común. Recordar no puede convertirse en una forma de reabrir heridas ni saldar cuentas.

Todos los países que han pasado por guerras civiles y dictaduras necesitan una ley de memoria histórica. Un punto de referencia común, cuyo objetivo fundamental sea ofrecer a las nuevas generaciones elementos de reflexión para que no cometan los mismos errores. 

Conviene aprender de lo que causó tanto sufrimiento y odio, individual y colectivo, para evitar que vuelva a ocurrir. Y esto implica enseñar la historia con todos sus matices, sin simplificaciones ni bandos monolíticos donde uno es el de los buenos y el otro el de los malos. 

Afrontar este reto con ecuanimidad requiere un doble acuerdo: uno político y otro técnico.

El primer paso es el acuerdo político: los partidos mayoritarios que representan las distintas sensibilidades ideológicas —herederas, en cierto modo, de las posiciones que se enfrentaron violentamente en el pasado— deben convenir en la necesidad de una ley de memoria histórica. Sin este consenso inicial, cualquier ley nacerá dividida y será instrumento de confrontación en lugar de reconciliación.

El segundo paso es técnico y requiere rigor: una comisión de expertos independientes —historiadores de reconocido prestigio nacional e internacional, sociólogos, psicólogos, y juristas— debe trabajar para consensuar el contenido de la ley. La experiencia de la Comisión de Verdad y Reconciliación de Chile en 1990, o la de Sudáfrica en 1995, demuestran que este proceso, aunque complejo, es viable cuando existe voluntad política real.

El tercer paso es la implementación educativa, quizá el más decisivo a largo plazo. Los partidos deben pactar cómo se incorpora esta memoria al sistema educativo de manera que las nuevas generaciones aprendan la historia con honestidad, sin simplificaciones ideológicas.

La reconciliación es un proceso social de largo recorrido, que atraviesa generaciones, y si no lo cuidamos se va deteriorando con el tiempo. Esta es una responsabilidad histórica que deben asumir nuestros representantes políticos, si de verdad les guía el bien común y no el rédito electoral inmediato.

Estoy convencido de que ninguna persona bien nacida, como somos la inmensa mayoría de la gente, se opone a que se rescaten los cuerpos enterrados en fosas y cunetas y se les dé una sepultura digna. Es lo único que importa a los familiares. El problema surge, como siempre, cuando los intereses partidistas de unos y otros llevan la polémica también a este terreno.

Reforzar la conciencia cívica

La memoria histórica bien entendida no es un ejercicio nostálgico ni una rendición de cuentas retrospectiva. Es, ante todo, un proceso de maduración colectiva. Cuando una sociedad es capaz de mirar su pasado sin autoengaños, reconociendo las luces y sombras de todos los actores implicados, desarrolla algo que podemos llamar conciencia cívica adulta: la capacidad no justificar la violencia propia y no condenar solo la ajena.

Esta conciencia cívica madura se manifiesta en comportamientos concretos, como la capacidad de dialogar sin demonizar al adversario político; en la resistencia a dejarse manipular por quienes buscan perpetuar el resentimiento para obtener réditos electorales; en la disposición a defender las instituciones democráticas incluso cuando no nos dan la razón. 

Sociedades como la alemana, que han hecho un trabajo profundo de memoria histórica sobre el nazismo, han mostrado que este ejercicio, lejos de dividir, fortalece la cohesión social y la resistencia frente a futuros extremismos.

Sin embargo, aunque Alemania ha desarrollado una cultura de memoria histórica que se presenta como modelo para otros países, actualmente la ultraderecha obtiene más del 34% de los votos en la antigua Alemania del Este y el 18% en el resto del país. Ha sido la fuerza más votada en todos los estados que formaron la RDA.

Este resurgimiento tiene causas complejas que van más allá de la educación. Estudios rigurosos realizados tras la reunificación demostraron que no existen diferencias significativas en el conocimiento histórico entre estudiantes del este y del oeste, ni puede inferirse de ellas una mayor inclinación hacia el neonazismo.

Este resultado electoral responde más bien a factores socioeconómicos: desigualdades salariales persistentes, mayor desempleo, sentimientos de marginación y la percepción de que la reunificación fue una «asimilación» más que una integración equitativa.

No es que la memoria histórica sea inútil, sino que es necesaria pero no suficiente. Una ley de memoria debe ir acompañada de políticas que reduzcan las desigualdades estructurales y fortalezcan la cohesión social. Sin justicia social efectiva, la memoria histórica puede quedar como ejercicio retórico sin capacidad transformadora.

Otro debate sensible es el de los símbolos y las placas conmemorativas. Recordar, sí; pero ¿cómo hacerlo sin que la memoria se convierta en un nuevo campo de batalla?

La memoria histórica no debería escribirse en las paredes, sino en la conciencia cívica. Un solo monumento que sirva de recordatorio explícito y permanente de lo que no queremos que vuelva a repetirse sería suficiente. 

El reconocimiento a las personas o el recordatorio de hechos se puede hacer con  manifiestos y condecoraciones, por ejemplo, y así podríamos dejar que las calles y plazas tengan nombres que puedan permanecer inalterables y al margen del acontecer político. 

Reconciliación y salud social

Las sociedades que no resuelven sus traumas históricos enferman de maneras específicas: polarización crónica, desconfianza institucional, ciclos repetitivos de confrontación, incapacidad para construir proyectos comunes. Es como un organismo que no termina de curar una herida y toda su energía se consume en la inflamación, en vez de dirigirse al crecimiento.

Una sociedad que permanece dividida en torno a conflictos no resueltos del pasado no puede desplegar todo su potencial humano y creativo. Dedica energías desproporcionadas a batallas simbólicas —nombres de calles, estatuas, leyes de memoria enfrentadas— mientras posterga los desafíos del presente.

La verdadera reconciliación no exige olvidar sino reconocer el sufrimiento común, incluido el de quienes estuvieron en el bando contrario. Significa aceptar que nuestros padres y abuelos —todos ellos, de ambos bandos— fueron seres humanos complejos, capaces de lo mejor y lo peor según las circunstancias. Esta aceptación no es debilidad ni relativismo moral; es la única base sólida sobre la que se puede construir una convivencia duradera.

Dos lecciones de la Guerra Civil

La primera lección: cuando un gobierno pierde la capacidad de mantener el control y permite que la violencia se imponga como norma, el resultado es el caos, la arbitrariedad y la barbarie. En la España de 1936, el Estado republicano no supo —o no pudo— contener la violencia revolucionaria que se desató en su zona. Los asesinatos indiscriminados, las checas, la persecución religiosa y la quema de iglesias no fueron excesos aislados, sino síntomas de un poder que había perdido el monopolio legítimo de la fuerza. Esta lección es válida para cualquier época: sin Estado de derecho efectivo, la sociedad retrocede a la ley de la selva.

La segunda lección: cuando un poder se alza sobre todos los demás y convierte el gobierno en una dictadura, el resultado es igualmente devastador. Terminada la guerra se estableció un régimen que anuló las libertades, persiguió sistemáticamente a los vencidos y perpetuó una visión monolítica y excluyente del país.

Ambas situaciones —el desgobierno y el autoritarismo— destruyen el bien común. Por eso, en vez de discutir quién cometió más errores o atrocidades —un ejercicio que inevitablemente se convierte en contabilidad macabra—, lo esencial es comprender que la estabilidad democrática se construye sobre tres pilares inseparables: justicia social que reduzca las desigualdades extremas, libertades políticas efectivas y respeto mutuo entre posiciones diferentes. Este debería ser el objetivo principal de cualquier político demócrata.

Coherencia y conciencia

La evolución de Miguel de Unamuno durante la guerra es especialmente reveladora. Su inicial apoyo a la sublevación no nació de su simpatía por el fascismo, sino del horror ante el desorden y la violencia desatada en la zona republicana. Como tantos otros españoles, creyó que el ejército se limitaría a restablecer el orden constitucional. Sin embargo, cuando comprendió que se estaba forjando una dictadura militar, tuvo el coraje de rectificar públicamente, aun a riesgo de su propia seguridad. Su coherencia le costó ser destituido como rector de la universidad y pasar sus últimos meses de vida en arresto domiciliario. 

Unamuno representó al librepensador auténtico y su trayectoria nos enseña algo fundamental: la verdadera integridad intelectual no consiste en no equivocarse nunca, sino en tener el valor de cambiar de posición cuando la realidad contradice nuestras expectativas iniciales. Esta capacidad de autocrítica es precisamente lo que debe cultivar una sociedad madura.

Otro ejemplo de cómo la experiencia directa del conflicto transformó conciencias lo encontramos en Vicente Ferrer. En los primeros capítulos de su biografía, escrita por Alberto Oliveras, se narra el desconcierto, el miedo y la brutalidad de la guerra. Cuenta cómo fue designado para formar parte de un piquete de fusilamiento y lo que supuso para él. También relata que un día vio a un oficial, a caballo y pistola en mano, perseguir enloquecido a un grupo de reclutas en desbandada; y como bajo la gorra de oficial reconoce al Cheburra, el jefe de la pandilla de su barrio de Santa Catalina, en Barcelona, ahora reconvertido en coronel republicano. 

A partir de experiencias como estas, Ferrer comprendió que ninguna idea, por justa que parezca, justifica la violencia y el sufrimiento humano. Esa revelación lo acompañó toda la vida y dio origen a su “revolución silenciosa”, encaminada a transformar la sociedad en humanidad a través de Rural Development Trust, una organización apolítica y aconfesional creada en 1969.

Memoria de todas las violencias

Una sociedad madura debe ser capaz de integrar en su memoria colectiva el rechazo a todas las violencias que han marcado su historia reciente, sin jerarquizarlas según conveniencias políticas del presente. Los atentados de la ultraderecha durante la Transición, que causaron decenas de víctimas mortales en Atocha, Montejurra o la calle del Correo de Barcelona, deben recordarse con la misma claridad que otros episodios. Y de manera especialmente dolorosa, el terrorismo de ETA, que durante más de cincuenta años convirtió el asesinato en herramienta política.

Explicar con claridad lo que significó ETA —no solo en cifras, sino en dolor humano— debería formar parte esencial de la educación cívica. ETA nació con un discurso político, pero se convirtió en una organización que practicó el asesinato, el secuestro y la extorsión. Durante décadas, su actuación impuso el miedo en amplias zonas del país, rompió familias, silenció conciencias y mancilló causas que, defendidas por otros medios, podrían haber tenido legitimidad política.

Condenar los asesinatos de la ultraderecha y recibir como héroes populares a miembros de ETA que también asesinaron, es sencillamente incompatible con la razón y la democracia. La enseñanza que debe quedar grabada en la memoria colectiva es que la violencia amparada en ideales políticos, venga de donde venga, termina siendo siempre un fracaso moral y social.

La memoria histórica, para que sea realmente útil, debe unirnos en el propósito de no repetir los errores, no dividirnos en torno a ellos. Recordar sí, pero para reconciliar. Solo así la memoria se convierte en sabiduría, y la historia deja de ser un campo de batalla para transformarse en una lección compartida.

Una referencia familiar

Mi madre era andaluza, huérfana a los siete años de un «desaparecido» republicano. Mi padre, castellano, fue reclutado a los dieciséis para luchar con el bando nacional. Mi abuela materna, como tantas otras mujeres, tuvo que soportar el inmenso dolor de la «desaparición» de su joven marido y la pesadilla por la que pasó después. Siempre sentí un gran cariño por ella y, a medida que pasaron los años fue creciendo mi admiración y mi respeto por su fortaleza ante la adversidad, y un profundo agradecimiento por ser capaz de mantener viva la memoria de los hechos, sin arrastrar ni transmitir la pesada carga del odio y el resentimiento.

Cuando leí la biografía de Vicente Ferrer, le sugerí a mi padre, que entonces tenía ochenta y un años, que leyera los primeros capítulos del libro ya que él, al igual que Vicente Ferrer, formó parte de la llamada “quinta del biberón” y también estuvo en los frentes del Segre y del Ebro, aunque en distinto bando. 

Tras leer dos capítulos sobre la guerra, me dijo simplemente: “Así fue. Unos matando a otros, la mayoría sin tener idea de cómo ni por qué estábamos allí. Horrible.” 

En esta última palabra —horrible—, late la única lección que importa recordar.

Volver al Blog