Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos, para mayor beneficio mutuo.
Actúa con tus semejante como si tú fueras él y con los padres de los demás como si fueran tus propios padres, porque tu querrías que los demás actuasen así con los tuyos.
Pero si se piensa ¿Cómo voy a actuar con la persona de mi semejante como con mi propia persona y con los padres de mi semejante como con mis propios padres? entonces, si se razona así, se puede ver al semejante hambriento y no darle alimento, con frío y no vestirlo, enfermo y no curarlo, muerto y no sepultarlo.
Parece escrito por un cristiano, pero es de Mo Tse, filósofo chino del siglo V aC. Su voz resuena con fuerza en un mundo necesitado de sus sabios consejos.
Mo Tse no era un soñador en su torre de marfil. Vivió durante el Período de los Reinos Combatientes, una época de caos, violencia y fragmentación social donde siete estados libraban guerras devastadoras por la supremacía. En este contexto turbulento, sus ideas surgieron como respuestas prácticas a problemas reales, y sus seguidores, formaron una escuela influyente que perduró durante siglos, aplicando sus principios a la ingeniería, la defensa militar y la administración pública.
¿Qué decía este sabio que pueda ser de utilidad en pleno siglo XXI?
Amor sin fronteras
Para Mo Tse, el origen de los males estaba en el amor parcial, es decir, querer solo a los nuestros, despreciando o ignorando a los demás. Frente a esto, propuso el amor imparcial, un principio radical: tratar a todos como iguales, con el mismo cuidado y respeto que a uno mismo.
En un mundo atravesado por migraciones, nacionalismos y polarizaciones, esta idea no es mera retórica. Países como Canadá han demostrado que las políticas de integración basadas en el respeto mutuo generan sociedades más prósperas y estables. Los programas de intercambio educativo y cooperación técnica han superado tensiones históricas entre naciones, como es el caso de la reconciliación franco-alemana.
La verdadera justicia, nos recuerda Mo Tse, nace de un amor sin fronteras, sin privilegios ni exclusiones. Y los datos le dan la razón, los períodos en que las sociedades gozan de mayores niveles de estabilidad y prosperidad son aquellos que han logrado expandir el círculo de solidaridad y bienestar a todas las capas de su población.
Paz y progreso frente a la guerra
¿Qué pasaría si midiéramos la grandeza de un estado no por su poder militar, sino por su capacidad de proteger a sus ciudadanos y vivir en paz con sus vecinos? Es la pregunta de Mo Tse, que denunció la guerra ofensiva como el peor crimen político. Solo la defensa era legítima; la conquista era injustificable.
Costa Rica abolió su ejército en 1948 e invirtió esos recursos en educación y salud pública, alcanzando índices de desarrollo humano superiores a muchas naciones fuertemente militarizadas. El «dividendo de la paz» no es utopía, es matemática aplicada.
Japón y Alemania, convertidas en potencias económicas tras renunciar al militarismo expansivo, ilustran perfectamente la tesis de Mo Tse: la verdadera fortaleza nacional se construye desde dentro, no conquistando territorio ajeno.
Utilidad social y sostenibilidad
Otra de sus enseñanzas es el criterio de utilidad. Para Mo Tse, todo debe evaluarse con una pregunta sencilla: ¿beneficia esto a la gente?
Criticó rituales fastuosos, funerales interminables o música cortesana costosa porque consumían recursos que podían alimentar a los pobres. Esta aparente simplicidad escondía una sofisticada teoría económica.
El mohismo anticipó en veinticinco siglos los debates actuales sobre sostenibilidad y consumo responsable. ¿Invertimos en lo que realmente mejora la vida de las personas, o en símbolos de prestigio y exceso?
Meritocracia real
Mo Tse rechazó que el poder se transmitiera por linaje. Abogaba por un principio sencillo y potente: promover a los capaces y destituir a los incapaces, sin favoritismos.
Las empresas tecnológicas más exitosas del siglo XXI han prosperado privilegiando el talento sobre las conexiones familiares o sociales. Hoy seguimos luchando contra el nepotismo, la corrupción y las élites cerradas, pero cada pequeño paso hacia la meritocracia genuina valida la visión de Mo Tse.
Una ética del presente
Mo Tse nos deja un mensaje cristalino. Su propuesta de amor imparcial nos invita a mirar más allá de nuestras burbujas, y los datos demuestran que las sociedades inclusivas prosperan más. Su crítica a la guerra y al lujo nos recuerda la urgencia de usar los recursos en lo que realmente importa, y la economía del bienestar confirma su intuición. Su apuesta por la meritocracia y la técnica al servicio del bien común nos abre un horizonte de esperanza respaldado por experiencias exitosas en todo el mundo.
En tiempos de crisis global, rescatar la voz de Mo Tse continúa siendo necesario. Su ética universal, pragmática y profundamente humana ofrece herramientas para construir un mundo más justo y próspero. La pregunta no es si sus ideas son realizables, sino en que medida somos capaces de implementarlas.