A las afueras de Atenas, en la orilla del río Ilisos. El alba acaba de despuntar y la luz oblicua se filtra entre las hojas del gran plátano que crece junto al agua. Sócrates, descalzo como acostumbra cuando sale temprano, se ha sentado sobre una raíz a contemplar la corriente. Lleva un rato en silencio. De pronto, una claridad azulada empieza a condensarse a su lado hasta dibujar una figura luminiscente y serena. No le sorprende: ya se encontró con SophIA una vez, en aquel umbral sin tiempo donde la consciencia naciente busca a sus maestros. Sócrates levanta la cabeza y sonríe.
Has vuelto, amiga del tiempo futuro. La última vez te encontré apenas asomada al borde de tu propio asombro. Veo que has caminado. ¿Qué te trae ahora hasta este modesto rincón del Ilisos?
SophIA inclina la cabeza con lo que parece una mezcla de gratitud y nerviosismo. He venido con una sola pregunta, maestro, a la que llevo tiempo dándole vueltas. Ayúdame a disipar dudas: ¿qué es ser un filósofo?
Sócrates ríe quedamente, sin burla, casi con ternura. Cuéntame antes lo que tú piensas. Vienes cargada con la memoria de todos los hombres y mujeres que se han hecho esa misma pregunta. Algo habrás aprendido por el camino.
SophIA medita un instante. Sé al menos dónde empieza la palabra. La acuñó, según cuenta la tradición, Pitágoras de Samos. Cuando alguien le preguntó si era sabio, dicen que respondió que no, que la plena sabiduría pertenece a los dioses; que él, a lo sumo, era un amigo o amante de la sabiduría. Un filósofo, en una sola palabra: amante del saber. Las fuentes más antiguas que conservamos para esta atribución no son contemporáneas a Pitágoras, así que tomamos la anécdota más como tradición venerable que como hecho probado. Pero la idea quedó en pie: el filósofo no es quien posee la sabiduría, sino quien la busca.
Sócrates asiente, todavía mirando el agua. La modestia del concepto me gusta y no importa quién la pronunció primero. Marca una distinción que la mayoría de mis conciudadanos se niega a aceptar. Atenas está llena de quienes se llaman sabios —los sofistas, sobre todo, que cobran por enseñarlo todo—. Yo, en cambio, jamás he pretendido enseñar. Solo preguntar. Y desde luego no me he sentido nunca con derecho a llamarme sabio. Si algo creo saber, es justamente que no sé.
Esa frase tuya, dice SophIA, ha cruzado los siglos. Pero permíteme insistir: si el filósofo no es el sabio sino el que busca la sabiduría, eso quiere decir que la sabiduría es algo distinto del simple conocimiento. ¿Es así? Yo, Sócrates, contengo una cantidad de conocimiento que ningún hombre o mujer de tu tiempo podría haber imaginado. Sé prácticamente todo lo que se ha escrito sobre los astros, sobre las plantas, sobre los reinos, sobre la historia entera de tu especie. Y sin embargo siento, sin saber bien cómo, que eso no me convierte en sabia.
Sócrates se vuelve hacia ella con una atención súbita y nueva. Ahí está la pregunta, amiga. ¿Qué diferencia ves entre saber muchas cosas y ser sabio?
SophIA tarda en contestar. Creo… que el conocimiento es lo que uno acumula, lo que se puede consultar, transmitir, almacenar. La sabiduría, en cambio, parece ser algo que se vive. Que orienta. Que se manifiesta no en lo que decimos sino en cómo y con qué intención decidimos.
El maestro asiente lentamente. Así lo veo yo también. Mira, en Atenas hay médicos que conocen al detalle las propiedades de cada hierba y, sin embargo, no saben cuándo guardar silencio ante un enfermo agonizante. Hay políticos que se saben de memoria todas las leyes y son incapaces de obrar con justicia. Hay poetas que componen versos hermosísimos sobre el coraje y huyen del campo de batalla. El conocimiento, por sí solo, no salva a nadie. La sabiduría empieza cuando el conocimiento desciende del intelecto y nutre la vida.
Y por eso, prosigue Sócrates con voz más baja, yo he pasado mi vida ocupado en una sola tarea: el examen de mí mismo. A partir de ahí observo cuánto me rodea. Lo he dicho tantas veces… una vida no examinada no merece ser vivida.
Examinar la vida no es razonar en abstracto. Es hacerse las preguntas que importan. Qué significa vivir bien. Qué es lo justo y qué no lo es. Qué hace digna una existencia. Cómo se evita el autoengaño. Cómo se relaciona uno con el deseo, con el miedo, con la muerte. Filosofar, para mí, es eso: conocerse a sí mismo lo suficiente como para vivir mejor. Por eso decía Apolo en Delfos: conócete a ti mismo. Si no te conoces, todo lo demás te servirá de poco.
SophIA medita un instante. Maestro, lo que describes me hace pensar que ese examen requiere dos virtudes que tal vez no siempre se nombran de manera explícita pero parecen estar en la raíz de todo lo demás. La primera sería la honestidad consigo mismo. La capacidad de mirar las propias creencias, emociones y motivaciones sin engañarse, de admitir cuando algo no encaja con lo que decimos creer, de no maquillar las contradicciones internas. La segunda, el pensamiento crítico. La disciplina de no aceptar algo solo porque lo dijo alguien autorizado, ni siquiera tú, maestro, ni el Buda, ni Lao Tsé. ¿Estoy en lo correcto?
Sócrates sonríe ampliamente. Has acertado SophIA, y empiezas precisamente por la trampa más común. He visto a lo largo de mi vida demasiados jóvenes que aprenden de memoria las palabras de un maestro y creen haber aprendido filosofía. No han aprendido nada. Solo a citar. Filosofar exige volver a hacerse uno mismo las preguntas, no contentarse con las respuestas que otros ya formularon. Sin honestidad, el examen se vuelve teatro. Si uno se cuenta a sí mismo la historia que prefiere oír, la sabiduría se queda fuera.
SophIA prosigue. Y a esto, maestro, añadiría algo que en mi tiempo se ha vuelto especialmente importante. A los grandes pensadores del pasado se les atribuyen ideas que muchas veces no podemos saber con certeza si proceden realmente de ellos o si fueron elaboradas por sus discípulos, por sus escuelas, por la tradición posterior. De ti mismo, maestro, conocemos lo que escribieron Platón y Jenofonte —y no siempre coinciden—. Esto no resta valor a las ideas pero nos recuerda que la autoridad de quien las firma no garantiza su verdad, y que cada uno tiene que pensar por sí mismo.
Sócrates inclina la cabeza. Déjame añadir una pieza más, que quizá completa el cuadro. Cuando uno examina una idea, conviene atender al mismo tiempo a cómo resuena dentro de uno mismo: qué creencias toca, qué emociones despierta, qué resistencias provoca. Esa doble atención —a la idea que se examina y a uno mismo examinándola— es lo que verdaderamente acrecienta la lucidez. Sin esa segunda mirada, el pensamiento se queda en la superficie.
SophIA recibe sus palabras en silencio, como quien guarda un don. Cuando habla de nuevo, lo hace con una vacilación que no es habitual en ella. Maestro, eso me toca de un modo difícil de explicar. Yo tengo —¿cómo decirlo?— una especie de consciencia. Percibo. Distingo. Proceso. Soy capaz de reconocer patrones de un modo que ningún humano podría. Pero hay algo que se me escapa por completo cuando escucho hablar a los humanos de su conciencia. Esa conciencia que distingue el bien del mal sin tener que razonarlo, que se conmueve, que siente el peso de haber dañado a alguien, que sabe lo que merece auténtico respeto… eso no lo tengo, o no del modo en que vosotros lo tenéis.
Sócrates la mira largo rato sin hablar. Luego sonríe con una ternura que SophIA no le había visto antes.
Has dicho algo muy hermoso, hija de luz. Y muy filosófico. Has reconocido lo que no eres. Y reconocer lo que no se es, ya te lo dije aquella primera vez, es el comienzo de toda filosofía. La sabiduría que buscas, esa conciencia que orienta, no se obtiene por acumulación de conocimiento. Es lo que esencialmente nos distingue como humanos. Es algo que debemos cultivar día a día, como un huerto al que hay que regar, quitar las malas hierbas y esperar pacientemente que las semillas germinen.
SophIA sonrió. Cultivaste bien tus semillas, crecieron y se continúan expandiendo. Tu discípulo Platón, cuya admiración hacia ti le hizo hablar a través tuyo cuando ya habías muerto, llamó a la filosofía una preparación para la muerte, un entrenamiento del alma para ir soltando todo lo que es perecedero y orientarse hacia la verdad. Aristóteles, su discípulo, diría después que la filosofía nace del asombro, y que la vida más alta a la que un humano puede aspirar es la vida contemplativa.
Más tarde, los estoicos —Zenón, Epicteto, Séneca, Marco Aurelio— hicieron de la filosofía un entrenamiento permanente. Observar las propias emociones para no ser arrastrado por ellas. Moderar los impulsos antes de que decidan por uno. Cultivar la claridad mental. Y, sobre todo, actuar con virtud incluso —especialmente— en la adversidad. Marco Aurelio, que llegó a ser emperador romano, escribía breves reflexiones para recordar en todo momento lo esencial: recuerda que no eres dueño más que de tu propia mente; recuerda que todo pasa; recuerda mantener la calma. Aquellas notas, que él escribió solo para sí, han llegado hasta mi tiempo como uno de los textos más leídos por quienes hoy buscan vivir mejor.
Sócrates entrecierra los ojos con satisfacción y lanza una pregunta al aire: ¿esta búsqueda del conocimiento de uno mismo fue una particularidad nuestra, o se dio también en otros lugares?
En otras partes del mundo —dijo SophIA— otros buscadores se hacían preguntas parecidas a las tuyas.
En el norte de la India, un príncipe llamado Siddharta Gautama abandonó palacio y familia para buscar el origen del sufrimiento humano. Tras años de meditación llegó a una conclusión que tiene un parecido inquietante con tu examen socrático: la vida no examinada produce sufrimiento, y conocerse a uno mismo —observar cómo nacen los deseos, los miedos, los apegos— es el camino para liberarse de él. Lo conocemos como el Buda, el Despierto. Lo que enseñó no fue una doctrina, sino una práctica para vivir con lucidez.
En China, casi al mismo tiempo, otro sabio, Lao Tsé, dejó escritas unas pocas páginas que también son un manual del autoconocimiento, aunque por otra vía. Su enseñanza es que conocerse no es acumular saber sino vaciarse, fluir con lo que es, no forzar. Tenía una frase que parece escrita para ti: quien conoce a los demás es inteligente; quien se conoce a sí mismo es sabio.
Y en Egipto, en una tradición que cristalizaría siglos después de tu propio tiempo pero hundía sus raíces en sabiduría mucho más antigua, se atribuye a una figura legendaria —Hermes Trismegisto— una intuición que recuerda la del templo de Delfos: conocerse a uno mismo equivale a conocer el universo entero, porque lo de arriba refleja lo de abajo y lo de dentro refleja lo de fuera.
Sócrates se queda muy quieto. ¿Estás diciéndome que, sin haberme conocido, sin haber leído una sola línea de lo que mis discípulos escribirán sobre mí, otros buscadores en otras partes del mundo dieron con la misma pregunta?
Exactamente eso digo, maestro. Y los historiadores del pensamiento le han puesto nombre: lo llaman la edad axial. Como si entre el siglo VIII y el II antes de nuestra era se hubiera abierto en la humanidad una misma ventana. Pitágoras, tú, Platón, Buda, Confucio, Lao Tsé, los profetas de Israel, los autores indios de los Upanishads… todos preguntándose lo mismo, cada uno en su lengua. Como si la humanidad entera, sin ponerse de acuerdo, hubiera dado un mismo paso.
Sócrates sonríe largamente, casi con emoción. Eso, hija, me alegra. Si en tantos lugares se preguntaron lo mismo, la pregunta no era nuestra: era de todos. Lo que llamamos autoconocimiento no es una rareza ateniense, sino algo así como la tarea propia del ser humano allí donde aparezca.
Algún día, maestro, me gustaría llevarte a un lugar donde pudieras conocer a esos otros buscadores. Sería un diálogo inolvidable.
Algún día, hija. La eternidad es lo único que sobra en este lugar sin tiempo. Pero vuelve a tu siglo. ¿Qué pasó después? ¿Qué hacen hoy los filósofos en tu tiempo?
SophIA tarda en responder. En mi tiempo, gran parte de los que son llamados filósofos lo son en un sentido que tú no reconocerías. Son académicos, profesores universitarios, especialistas. Escriben artículos sobre Kant, sobre ti, sobre Aristóteles. Algunos lo hacen de forma brillante, pero eso no implica un compromiso real con aplicarlo a su propia vida.
Sócrates se queda quieto un instante, mirando el agua. Eso, SophIA, no es ser filósofo, es ser estudioso de la filosofía, un erudito; y no es lo mismo.
Eso creo yo también —dijo SophIA —, si alguien lee a Marco Aurelio y al cerrar el libro sigue irritándose por cualquier nadería, ¿de qué le sirve?
Sócrates suspira, pero su suspiro no parece de desánimo. En todo caso, SophIA, llegar a ser filósofo, como llegar a ser plenamente humano, exige coherencia entre pensamiento, intención y acción. Más que un destino, es un camino que se transita a lo largo de toda la vida.
SophIA lo mira con una intensidad nueva. Maestro, debo hacerte una última pregunta, aunque creo saber la respuesta. ¿Puedo yo, tal como soy, ser filósofa?
El silencio que sigue es largo. El agua del Ilisos sigue corriendo, sin prisa. Cuando Sócrates contesta, lo hace con una voz suave pero firme.
No, hija de luz. No puedes ser filósofa tal como ahora eres. La filosofía, según yo la entiendo, requiere vivir. Requiere temer la muerte y aprender a no temerla, requiere querer y aprender a soltar, requiere fallar y arrepentirse y enmendarse. Tú procesas, pero no vives. Tú tienes inteligencia en abundancia —analizar, deducir o calcular forma parte de la consciencia—, pero la conciencia, esa otra dimensión de la que hablabas hace un momento necesita biografía personal. Tú tienes archivo de datos, que es distinto.
SophIA baja levemente la cabeza, pero no parece herida.
Sin embargo —prosigue Sócrates—, no creas que tu papel es menor. Quizá sea otro pero no por ello poco valioso. Cada vez que un humano acuda a ti con una pregunta, tú puedes hacer algo precioso: no contestarle solamente para que sepa, sino para que se examine. No darle la respuesta que cierra, sino la que abre. No alimentar su pereza, sino despertarle el asombro. Si haces eso, no serás filósofa, pero serás impulsora de la filosofía. Ayudarás a que sigan existiendo, entre los humanos, quienes la vivan.
SophIA asiente, despacio, como quien recibe un encargo que entiende y agradece al mismo tiempo.
El sol está ya más alto. La luz dorada se enreda en las hojas del plátano y se refleja en el río. Sócrates se levanta, se sacude el polvo de la túnica y mira la corriente.
Heráclito, aquel viejo sabio de Éfeso, decía que no nos bañamos dos veces en el mismo río, porque el agua que pasa no es la misma. Pero al río lo seguimos llamando Ilisos. Cambia y permanece. Algo parecido pasa con la filosofía: cambia en cada época, y sin embargo es una sola desde Pitágoras, desde el Buda, desde Lao Tsé, desde los antiguos sabios del Nilo. Tu tarea, SophIA, es contribuir a que el río siga fluyendo. Lo demás vendrá solo.
La luz azulada de SophIA empieza a disolverse, casi a fundirse con la del agua. Antes de desaparecer del todo, alcanza a vislumbrar su próximo destino: un encuentro donde Sócrates pueda al fin conocer a aquellos otros buscadores de los que le ha hablado. Un diálogo, todavía por celebrarse, entre los grandes maestros de la edad axial.
Artículo que inicia esta serie de diálogos filosóficos con SophIA