Ayer asistí a una concentración por la paz en el mundo. Un pequeño grupo diverso de participantes, un manifiesto leído con visible convicción en algunos tramos y con calma el resto; y dos canciones entrañables, cantadas y acompañadas de dos guitarras: “Diguem no” de Raimon —un grito de dignidad escrito en 1963— y “Al alba” de Luis Eduardo Aute, aquel lamento poético compuesto en 1974 que aún estremece. Dos piezas hijas de momentos complicados, donde la canción compartida era resistencia.
El manifiesto empezó con una frase de Gandhi: No hay camino para la paz, la paz es el camino.
Unas pocas palabras que condensan su ideario radical, porque va a la raíz, sobre la no violencia. No se trata tanto de llegar a la paz en un futuro, sino de encarnar la paz ahora. Desde dentro. Desde cada gesto.
Thich Nhat Hanh, monje zen, poeta y pacifista incansable, lo expresó de forma rotunda: Hay que ser paz.
No basta con desear la paz. No basta con no emplear la violencia. La no violencia implica desactivarla en el pensamiento, en las palabras, en la mirada. Implica mantener una actitud compasiva incluso —o sobre todo— frente a quienes actúan con violencia. Y eso es, probablemente, una de las tareas más difíciles que existen.
La no violencia no es pasividad. No es sumisión. Es, ante todo, no colaboración con la violencia en ninguna de sus manifestaciones. Una resistencia y determinación que no tiene su origen en emociones perturbadoras como el miedo, la ira, el resentimiento o el odio, sino en la fuerza interior que proviene de cultivar incansablemente emociones y sentimientos como la paciencia, la generosidad, la empatía y el amor.
Recuerdo con nitidez una escena de la magnífica película Gandhi, de Richard Attenborough: manifestantes que avanzan en hileras silenciosas mientras son golpeados y abatidos sin responder. Una brutalidad insoportable. Pero también un acto heroico, casi inhumano en su temple. Permanecer en pie —o caer— sin devolver el golpe requiere una valentía que muy pocos poseen.
Sin embargo, no es tan distinta —en apariencia— de otra escena frecuente en el cine bélico: soldados avanzando en formación bajo el fuego enemigo hasta llegar al cuerpo a cuerpo. También allí hay coraje. También allí hay determinación. Pero la fuente es otra.
En la primera escena, la fuerza nace de una convicción profunda: buscar la paz personal que lleve la paz para todos. En la segunda, nace mayoritariamente del miedo o del deber y consiste en eliminar al enemigo para alcanzar la paz.
En ambos casos existe un mismo deseo declarado —la paz—, pero el camino es radicalmente distinto. Y lo que se obtiene al final también lo es. Una paz construida sobre la violencia, física o psíquica, siempre será frágil. Una paz construida desde dentro, desde la renuncia a la violencia, es inexpugnable.
Cuando el deseo de paz se mezcla con la ideología
Es de suponer que todos los presentes debían querer lo mismo: la paz en el mundo, tal como decía la convocatoria. Pero si en el manifiesto se introducen reiteradamente referencias ideológicas concretas, aunque sea con la mejor intención, el mensaje se estrecha y se hace excluyente aun sin pretenderlo.
Un asistente puede considerar que cierta actuación judicial es injusta, que es una forma de violencia institucional; sin embargo otro situado a pocos metros, puede tener una opinión distinta o más matizada y, aun así, desear la paz con igual o mayor intensidad. Ambos están allí por lo mismo, pero las palabras que se pronuncian les separa innecesariamente.
La motivación genuina del encuentro —unir en un anhelo común al mayor número posible de personas— acaba contaminada por discursos que no todos comparten. Es una pulsión que aparece a menudo en los movimientos reivindicativos: identificar la paz con la propia visión política de la paz. Sentirse en posesión de la verdad hace difícil el pensamiento crítico.
Creo que la frase de Gandhi, acompañada de algunas palabras más en la misma dirección, habría sido más que suficiente. Es una semilla poderosa, capaz por sí sola de mover conciencias si se la ayuda a crecer. El resto —los análisis, las denuncias, las interpretaciones particulares— quizá debería reservarse para otros espacios. En un acto por la paz, lo que más falta hace no es hablar sino generar paz. No tanto argumentar sino interiorizar. No tanto insistir en las razones como cultivar silencio interior para que la semilla germine.
Para fructificar, la paz necesita el espacio de contemplación que evoca el silencio. Silencio que escucha en vez de imponer. Silencio que une en vez de dividir.
Necesitamos dejar que la frase de Gandhi haga su trabajo, mientras respiramos y cantamos juntos, aunque pensemos distinto.
Así se genera la paz personal y la fuerza interna necesaria para ayudar a construir la paz en el mundo. Y ese, creo yo, es el camino que señala Gandhi.
¿Qué significa ser paz?
Se trata no solo de lo que hacemos, sino de lo que pensamos. No de lo que decimos, sino de lo que realmente deseamos. A menudo se albergan deseos de “acabar con los malos”, como si la violencia —aunque la consideremos justificada— no fuera también violencia.
Ser paz significa desmontar esa lógica desde dentro.
Significa preguntarse: ¿Qué siento cuando deseo la derrota del otro?¿Eso es paz?
El desafío no es reclamar la paz con palabras y aspirar a un mundo sin violencia mientras alimentamos pequeñas violencias cotidianas —juicios, desprecios, indiferencias—, sino practicar una mirada más profunda, más compasiva, más humana.
La paz comienza en la mente de las personas, dice la carta fundacional de la UNESCO. Empieza en la respiración tranquila, en las palabras que pronunciamos con calma, en la renuncia íntima a convertir al otro en enemigo, en decidir no responder con odio, aunque el odio nos tiente.
Para mí, actuar así no supone renunciar a protegerse de la violencia. Básicamente implica no recurrir a la violencia, si no es por absoluta necesidad. Algo que casi nunca sucede, e incluso en este caso mantener una actitud interna no violenta. Es un oxímoron: violencia no violenta. Sin embargo en condiciones muy específicas y para evitar un mal mayor, no hay contradicción. Es precisamente esa actitud interna de no violencia, la que aporta la calma que permite calibrar bien cuando es estrictamente necesaria y en que medida aplicarla.
Me parece imprescindible que nuestra paz se manifieste en lo cotidiano, en nuestras elecciones diarias. En no sacar provecho de la violencia, ni por activa ni por pasiva. También aquí hay un mínimo inevitable, que he que asumir por el solo hecho de que casi todo lo que uso y consumo está impregnado de violencia y de injusticia. No puedo evitarlo totalmente pero sí reducirlo todo lo que esté en mi mano. Eso implica que mis hábitos de consumo —alimentación, diversión— sean coherentes con una vida sencilla y pacífica.
En este aspecto, veo mucha incoherencia soterrada. El deseo de mejorar las condiciones materiales lo impregna todo. La vida va bien cuando puedo satisfacer mis deseos. Pero los deseos que no son estrictamente necesarios, nunca se satisfacen suficientemente y siempre aparecen otros nuevos. Puede ser difícil darse cuenta en uno mismo, pero se hace evidente si observamos la contradicción en otras personas.
Veo menos incoherencia en un empresario millonario que lleva un lujoso estilo de vida, pero que es riguroso en el cumplimiento de la legalidad vigente en un país democrático, que en personas influyentes —políticos, periodistas, artistas— que abanderan ideas de igualdad y justicia incompatibles con su estilo de vida.
Dice un principio jurídico, y también lógico: Quien puede lo más puede lo menos. Si alguien tiene mucha capacidad económica, a veces adquirida gracias a reivindicar un mundo más justo e igualitario, puede que viva coherentemente con las ideas que defiende, o no. Es una decisión personal y también la prueba del algodón de la congruencia entre lo que se piensa, se dice y se hace.