¿Y si morir fuera como nacer?

Angel

Nadie recuerda su nacimiento. Y sin embargo, todos hemos pasado por ese momento misterioso y convulso. Una brusca transición desde un mundo cerrado, silencioso, envolvente y cálido, hacia un espacio abierto, vibrante, incierto y totalmente desconocido al que nos adaptamos rápidamente y empezamos a respirar. 

Durante los meses de vida intrauterina se ha llevado a cabo un proceso extraordinario, que aún no conocemos totalmente. En pocas semanas, una sola célula fecundada comienza a multiplicarse y se convierte en miles de millones, que se organizan y especializan siguiendo un plan inscrito en el misterio de la biología. Se forman los órganos principales, late un corazón diminuto, surgen brazos y piernas que se mueven casi a ciegas en un océano amniótico. Poco a poco aparecen los sentidos. El oído percibe las vibraciones de la voz materna y el murmullo del mundo exterior filtrado por el cuerpo de la madre; la piel detecta cambios de presión y temperatura; incluso los ojos, cerrados, reaccionan a destellos de luz a través del vientre.

El entorno cerrado y protector del útero es al mismo tiempo hogar y límite. Allí todo está regulado, el alimento llega sin esfuerzo, el oxígeno fluye a través del cordón umbilical, la temperatura es constante. Parece que el feto no necesita “hacer” nada, simplemente crecer, desarrollarse y dejarse moldear por el tiempo y la biología. Sin embargo, también empieza a ensayar la vida: succiona el dedo, se sobresalta con un ruido fuerte, adopta posturas de reposo y de actividad, y su sistema nervioso comienza a trazar los primeros circuitos de lo que algún día será experiencia plenamente consciente.

Imagina ahora al feto a punto de nacer. Es ya un ser humano completo, dotado de una incipiente conciencia que no sabemos hasta dónde alcanza. De repente pierde el entorno conocido, su cuerpo se ve empujado por una fuerza avasalladora y se corta el cordón que lo alimentaba y lo mantenía con vida. Una experiencia tan desconcertante como incomprensible ¡Menudo susto!

Cuando parecía que todo estaba completo y se había cumplido el objetivo de crear un nuevo ser humano, el útero se contrae y lo empuja hacia lo desconocido. La placenta, que ha sido su sostén, empieza a dejar de cumplir su función. La seguridad de ese mundo se rompe y aparece un umbral que, sí o sí, tiene que atravesar. El recién nacido debe hacer algo inédito: respirar por sí mismo. Ese primer aliento es violento y milagroso a la vez. Se corta el cordón y, aunque el feto podría sentirlo como un final abrupto, en realidad se trata de un nuevo comienzo.

Lo que como incipientes humanos podíamos percibir como toda nuestra vida, era en realidad una etapa inicial. Ya entonces estábamos viviendo una vida de la que solo podíamos ser limitadamente conscientes. Y no estábamos tan solos como nos parecía, otros seres desconocidos nos nutrían, nos protegían y nos acompañaban en el tránsito hacia un nivel distinto de existencia que nos esperaba repleto de retos y oportunidades. Pero todo esto lo sabemos ahora, cuando ya hemos pasado la fase de fetos.

Si lo pensamos así, la vida intrauterina puede verse como una metáfora. Lo que parecía el todo era solo el preludio; aquello que parecía un final —el corte del cordón, la pérdida de un mundo conocido— era, en realidad, el inicio de otra fase.

Podríamos aducir que “en el nacimiento hay continuidad porque vemos que es así”, pero entonces estaríamos cometiendo exactamente el mismo sesgo de perspectiva que tendría el feto. Nosotros observamos desde fuera y vemos que el mismo organismo continúa existiendo. Pero el feto, desde dentro de su realidad uterina, no tiene acceso a esa evidencia. Para él, si pudiera conceptualizarlo, la ruptura de su mundo sería total y definitiva.

Del mismo modo, si afirmamos que “en la muerte cesa la continuidad porque no tenemos constancia de nada más allá”, estamos limitados por nuestro marco perceptivo actual, es decir, el plano físico observable. Sin embargo, tal vez exista una perspectiva más amplia —tan inaccesible para nosotros ahora como el mundo exterior lo era para el feto— desde la cual la muerte también se revela como transición y no como final. No lo sabemos, pero es una posibilidad razonable.

Esta analogía no prueba nada, pero sí revela algo importante: cada nivel de existencia parece incapaz de concebir el siguiente, porque sus propias coordenadas no sirven. El óvulo y el espermatozoide no saben nada del feto, ni el feto del niño. Y como nosotros tampoco sabemos qué ocurre tras la muerte, la siguiente pregunta es perfectamente legítima:

¿Y si la muerte no fuera un final absoluto, sino otra transición hacia una forma de existencia aún desconocida?

Esta pregunta no es una afirmación disfrazada. No pretende tranquilizar ni inquietar. Solo abre la puerta a una posibilidad que no rechina con la razón, sin necesidad de recurrir a dogmas ni a negaciones tajantes.

La conciencia como proceso evolutivo

Para unos, la muerte es el final definitivo. Otros afirman que es un paso hacia otra vida que además pueden explicar con todo lujo de detalles. Ambas posturas, desde un punto de vista estrictamente racional, son actos de fe. No hay pruebas. La única certeza es que no sabemos nada, que estamos sumidos en la incertidumbre y eso a nuestro cerebro de entrada no le gusta y le inquieta.

Sin embargo, no saber no impide pensar, intuir, abrir horizontes. Hay experiencias y analogías que, sin demostrar, inspiran. Nos aportan indicios y destellos. La vida intrauterina es una de ellas y hay otras transiciones que también podemos observar. 

El sueño, por ejemplo, representa una inmersión diaria en un estado donde perdemos temporalmente nuestra identidad consciente. Cada noche experimentamos una pequeña «muerte» de la conciencia ordinaria, y cada mañana un nuevo “renacimiento». Hasta hace poco se pensaba que el cerebro prácticamente se desconectaba durante el sueño y se limitaba a mantener los servicios mínimos para mantenernos vivos. Ahora sabemos que la realidad es muy distinta y que el cerebro permanece muy activo. Es un tema apasionante que bien merece otro artículo.

De manera similar, experiencias como los estados meditativos profundos o las experiencias cercanas a la muerte (ECM) sugieren la posibilidad de estados de conciencia radicalmente distintos a los cotidianos. Quienes han vivido una ECM suelen reportar una ausencia de miedo ante la muerte y una sensación de expansión de la conciencia más allá de los límites habituales. Pero no siempre es así, también hay algunos relatos de experiencias menos beatíficas. Hay mucho que reflexionar acerca de las ECM y también lo dejo para un futuro artículo.

La conciencia, como la vida, parece expresarse en múltiples niveles. No se presenta como un bloque fijo, sino como un flujo que cambia de forma y profundidad. Esto es algo que se observa tanto en la evolución de la especie (filogenia)  como en el desarrollo de cada individuo (ontogenia). La conciencia de un homínido no era la misma que la del Homo sapiens; la de un niño no es idéntica a la de un adulto. Un recién nacido experimenta el mundo de manera fundamentalmente distinta a un adolescente, y éste a su vez de forma distinta a un anciano. En cada etapa, algo de la conciencia anterior «muere» para dar paso a una nueva configuración, sin que por ello se pierda la continuidad esencial.

La neurociencia contemporánea, desde los trabajos de investigadores como Antonio Damasio o Anil Seth, sugiere que la conciencia no es una propiedad simple sino un fenómeno emergente con múltiples gradaciones. Aunque estos investigadores trabajan desde un marco materialista donde la conciencia es un producto de la actividad cerebral, su descripción como proceso complejo y multinivel abre preguntas sobre si podrían existir manifestaciones que aún no comprendemos. 

Si la conciencia tiene tantas capas y formas, ¿por qué asumir como única opción que ya las conocemos todas? ¿por qué dar por sentado que la muerte cerebral implica necesariamente la de la conciencia? En este sentido son interesantes las investigaciones de científicos como Alex Gómez Marín quien se refiere al “cerebro permisivo”, es decir no como un órgano “productivo” que genera la conciencia sino como el sustrato biológico que permite la expresión de la conciencia en nuestra dimensión humana. 

Bajo este prisma, merece la pena investigar a fondo la posibilidad de que la muerte del cerebro no suponga la total extinción de la conciencia, porque no es un paradigma científico afirmar que la muerte implica necesariamente el punto y final de la existencia.

Tiempo y densidad de acontecimientos en el proceso de morir

Hasta principios del siglo pasado el tiempo era algo único y absoluto. Siempre el mismo allá donde estuvieras o hicieras lo que hicieras. La teoría de la relatividad, que no es una especulación filosófica sino física demostrada, lo cambió todo.

La física moderna ha revelado que el tiempo no transcurre igual para todos. No es una constante universal, sino una magnitud relativa que depende del movimiento y la posición del observador.

¿Cuál es la posición y velocidad de la mente de un feto o de un moribundo?  

Nos parece normal todo lo que ocurre en el proceso de gestación, porque queda dentro de nuestro campo de observación y se puede estudiar en detalle. Esos nueve meses, que desde nuestra perspectiva adulta parece un espacio de tiempo relativamente corto, constituyen en realidad el periodo de máxima densidad transformacional de toda nuestra existencia. Una sola célula se convierte en miles de millones, que rápidamente se organizan en sistemas funcionales complejos. No es difícil imaginar que si pudiéramos situarnos en el lugar del feto tendríamos una percepción muy diferente de este proceso tan intenso.

Pensemos ahora en lo que ocurre en un caso tan extremo y misterioso como el de los agujeros negros. Algo que sí sabemos sobre ellos es que, para un observador externo, cuando un objeto cae hacia un agujero negro llega a un punto en que parece ralentizarse hasta congelarse en el tiempo y quedar detenido eternamente en ese límite. Sin embargo, para quien cae, el proceso transcurre en tiempo finito y continúa su trayectoria. Ambas experiencias temporales son igualmente reales, aunque aparentemente sean contradictorias.

¿Por qué asumir que conocemos la temporalidad que rige en el proceso de morir, en lo que atañe a la mente o la conciencia, cuando es algo que no podemos asegurar científicamente? 

Lo que desde una perspectiva externa parece un proceso breve o instantáneo, podría ser un proceso de transformación extremadamente denso y complejo que se desarrolla, desde la vivencia del moribundo, en una escala temporal radicalmente distinta a la que observamos. No parece una posibilidad descabellada.

¿Cuándo morimos?

Desde el punto de vista médico, se reconocen dos criterios principales para determinar la muerte: el cese irreversible de la función cardiorrespiratoria y el cese irreversible de todas las funciones cerebrales. Ambos son válidos para declarar la muerte de una persona, pero pueden ocurrir en momentos diferentes. 

La muerte encefálica puede declararse mientras el corazón sigue latiendo gracias al soporte artificial. En este estado, la persona está legal y médicamente muerta, pero su corazón puede mantenerse viable para trasplante.  Es una paradoja desconcertante: el órgano está «vivo» para ser trasplantado, pero la persona ha de estar «muerta» para poder extraerlo.

Esta paradoja cobra mayor relevancia a la luz de recientes descubrimientos sobre la complejidad del corazón. Investigadores del Instituto Karolinska y de la Universidad de Columbia han demostrado que el corazón contiene un sistema nervioso propio, compuesto por miles de neuronas. Este “pequeño cerebro” del corazón regula su actividad y mantiene comunicación constante con el cerebro craneal a través de múltiples vías —neurológica, bioquímica, biofísica y electromagnética— enviando incluso más información de la que él recibe. 

¿Qué significa esto en el contexto de la muerte? Si el corazón tiene su propio sistema nervioso y se comunica constantemente con el cerebro, ¿qué ocurre en ese umbral donde uno cesa pero el otro continúa? ¿qué tipo de procesamiento de información podría estar teniendo lugar en esas transiciones que apenas comenzamos a comprender?

No se trata de hacer especulaciones gratuitas ni tampoco afirmaciones drásticas en ningún sentido, pero sí aceptar que aún queda mucho por investigar.

Humildad frente al misterio

Aceptar que no sabemos qué hay después de la muerte no implica rendirse al vacío o al absurdo. Al contrario, puede llevarnos a una relación más humilde y fecunda con el misterio de la vida.

Esta postura de humildad —reconocer los límites de nuestro conocimiento sin por ello renunciar a la exploración y la reflexión— me parece más consistente intelectualmente que el dogmatismo religioso o el materialismo reduccionista. Ambos extremos pretenden una certeza que, en realidad, nadie posee.

Quizás la muerte sea solo un paso más dentro de un proceso más amplio. No un final, sino un cambio de estado que desde nuestra posición quizá ni siquiera podemos imaginar. Hasta que no se abrió la puerta del mundo subatómico no podíamos hacernos una idea de todo lo que allí existe, que es mucho más de lo que hasta ahora se ha podido estudiar. La conciencia y la muerte se sitúan en una dimensión a la que es aún más difícil acceder, pero eso no justifica que se descarte como campo de investigación y mucho menos que se trate de forma maniquea e interesada.

Más allá de la identidad personal

No necesitamos creer en un cielo ni una reencarnación detallada para considerar que la conciencia podría tener alguna forma de continuidad. Al igual que la materia no se destruye sino que se transforma, es razonable pensar que la conciencia también fluye hacia nuevas formas.

Tal vez no se conserve nuestra identidad personal tal como la entendemos ahora. Quizás no haya memoria, ni yo, ni historia. Pero esto no invalida otras posibilidades. Lo que llamamos «yo» podría ser una fase, no un fin. Como una ola que se disuelve en el océano. La forma desaparece, pero el agua permanece y se integra en el todo.

Esta perspectiva resuena con las tradiciones contemplativas orientales que han explorado durante milenios la naturaleza ilusoria del yo separado. El budismo habla del anatta (no-yo), el vedanta del atman que trasciende la identidad individual, el taoísmo del retorno al Tao. Todas estas tradiciones sugieren que aquello que experimentamos como un «yo» separado y permanente es, en realidad, un proceso temporal, una configuración transitoria de algo más vasto.

No se trata de negar la experiencia de ser uno mismo aquí y ahora, sino de reconocer que esa experiencia podría ser una manifestación local y temporal de una conciencia más amplia. Quizá la muerte disuelva la identidad personal pero no la conciencia misma, del mismo modo que el nacimiento no creó la conciencia de la nada, sino que permitió que continuara desarrollándose en otro entorno.

Confianza vital frente a la incertidumbre

Dedicamos años a estudiar, aprendemos profesiones, cultivamos relaciones, cuidamos nuestro cuerpo. Sin embargo, casi nadie se prepara para morir. Damos por hecho que es algo que «simplemente sucederá» cuando llegue el momento, como si no requiriera ninguna comprensión ni preparación previa.

Surge la pregunta: ¿No deberíamos prepararnos conscientemente para ese momento?

Hemos convertido la muerte en un tabú sanitario, en algo que ocurre en hospitales, rápido y medicalizado, sin espacio para la reflexión ni la preparación consciente. La hemos despojado de su dimensión existencial y espiritual, reduciéndola a un evento clínico que debe gestionarse con la mayor eficiencia posible. Morimos sin haber pensado en lo que significa morir.

Las tradiciones contemplativas de las distintas culturas siempre han considerado que prepararse para la muerte es una de las tareas más importantes de la vida. No para negarla ni para romantizarla, sino para afrontar con lucidez un momento trascendental de nuestra existencia.

Yo no tengo certezas, pero sí confianza. Confianza en que la vida es un proceso más profundo y complejo de lo que comprendemos. Confianza en que la conciencia no es un accidente, sino una expresión del misterio mismo. Confianza en que vivir con amor, con lucidez y con humildad es la mejor preparación para cualquier posibilidad futura y, sobre todo, la mejor opción para el presente.

Esta confianza no es ingenua ni ciega. Reconoce el sufrimiento, la injusticia, la fragilidad de la existencia. Pero intuye también que en el núcleo de lo real late una inteligencia creativa que se expresa tanto en la complejidad del cosmos como en la profundidad de la conciencia humana.

A esa inteligencia la podemos llamar Dios, Cosmos, Tao…, como cada uno prefiera. Pero si pensamos que existe, lo absurdo es perder tiempo enzarzándonos en interminables debates sobre cómo nombrarla. Si existe, es única y no varía porque nos empeñemos en llamarla de una u otra forma. Confrontar y polemizar sobre este tema da lugar a una polarización destructiva que solo muestra la inmadurez de la conciencia. Me quedo con la primera frase del Tao Te King: El Tao que se puede nombrar no es el verdadero Tao.

No necesitamos responder con certeza a la pregunta «¿Y después qué?» para vivir con sentido. Basta con no cerrarnos al misterio, honrar la vida mientras la tenemos y recordar que el feto renace sin saberlo y que quizás al morir nuestro viaje continúa.

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