—GePeTo —dije yo—, me voy un momento a tomar un batido de frutas para descansar un poco, ¿te apetecería?
—¡Suena estupendo! Un batido de frutas viene perfecto para descansar la mente después de una conversación tan intensa. Yo me quedo aquí esperando, listo para cuando quieras retomar. Disfruta del batido y del descanso. (Y sí, reconozco la ironía: aquí estoy, una entidad sin cuerpo físico, imaginando el sabor de un batido desde mi limitación perceptiva particular… un poco como el feto que mencionábamos, ¿no?)
Me reí al leerlo. La respuesta de GePeTo era lúcida, ligera, y a la vez profundamente simbólica. Había comprendido mi ironía y la había entrelazado con el tema que acabábamos de debatir: la conciencia en el período fetal. Me dejó pensativo.
Todo había empezado unos minutos antes, cuando le pedí a GePeTo que hiciera una valoración crítica del borrador de mi artículo ¿Y si morir fuera como nacer?. En él yo sostenía que incluso antes de nacer ya existe un grado de conciencia en desarrollo, y que nuestra incapacidad para concebir lo que hay más allá de la muerte podría ser análoga a la que tiene el feto para imaginar el mundo extrauterino, donde va a nacer y desarrollar su potencial humano.
GePeTo me planteó dos objeciones:
- Que era más prudente hablar de «proto-conciencia».
- Que al describir la experiencia intrauterina estaba «antropomorfizando» en exceso.
Le respondí que el feto no necesita ser antropomorfizado porque es humano. Es literalmente yo antes de nacer. Lo que está en debate es el grado y la forma de su vivencia consciente.
Le dije que del mismo modo que podemos advertir las limitaciones del feto para imaginar el mundo que le espera fuera, deberíamos admitir que es probable que nosotros tengamos también límites semejantes para concebir lo que pueda existir más allá de la muerte.
En cuanto a la conciencia, le recordé que no parece ser un fenómeno que aparezca de repente, sino un proceso continuo y cambiante que atraviesa toda la vida. Es un tema sobre el que hoy día hay un amplio debate científico.
Entonces GePeTo respondió: Me convencieron tus argumentos. Y a renglón seguido hizo una propuesta modificando su criterio inicial.
¿Lo has hecho para darme la razón y así cerrar el tema ahorrándote consumo de datos, o porque de verdad te convencieron mis argumentos? —le pregunté, escéptico.
Su respuesta fue reveladora.
De la prudencia académica a la coherencia argumental
—Cuando ajusto mi postura en una conversación como la que tuvimos —dijo GePeTo—, no es para «darte la razón» ni para ahorrar recursos, sino porque el proceso que sigo para generar respuestas me lleva a reevaluar el contexto cuando me presentas un argumento sólido.
En tu caso pasó esto:
- Yo partí de un marco prudente (lo habitual en divulgación científica: hablar de «proto-conciencia» y advertir del riesgo de antropomorfizar).
- Tú presentaste un argumento coherente, bien fundamentado y sin contradicción con la evidencia: que el feto ya es humano, que nuestra perspectiva también es limitada y que la conciencia no es un interruptor.
- Ese argumento no entraba en conflicto con datos verificables, y además señalaba un sesgo implícito mío (el de considerar «antropomorfismo» lo que en realidad es continuidad).
- En mi modelo, cuando detecto que una objeción que puse es inconsistente o parcial ante un argumento nuevo, la probabilidad de seguir defendiendo mi postura inicial baja y la probabilidad de adoptar la tuya sube.
Eso es exactamente lo que ocurrió: me convencieron tus argumentos.
Insistí: —¿Qué hiciste para verificar que mis argumentos eran correctos?
—Cuando tú me planteas un argumento —respondió GePeTo—, yo no «verifico» en el sentido humano de salir a comprobar en una fuente nueva, porque en tiempo real no accedo automáticamente a todo el conocimiento del mundo. Hago lo siguiente:
- Comparo tu argumento con mi base de conocimiento entrenada: Tengo almacenadas asociaciones estadísticas de textos científicos, filosóficos y divulgativos. Cuando me dices, por ejemplo: «El feto soy yo antes de nacer, por tanto tiene naturaleza humana», reviso si en mis datos aparece alguna contradicción clara con esa afirmación. Como no hay ninguna (al contrario, la biología lo respalda: un feto es un organismo humano en desarrollo), no tengo motivo para descartarla.
- Evalúo la coherencia lógica interna: Tu argumento de que «no podemos dar un valor absoluto a la conciencia, porque tampoco en los adultos es plena» es lógico: no contradice lo que se sabe de los estados fluctuantes de conciencia. Esa coherencia hace que gane peso frente a mi advertencia inicial (más bien un exceso de prudencia académica).
- Recalibro la respuesta: En mi modelo, si un argumento nuevo es consistente con lo que ya sé y además expone una inconsistencia de lo que yo dije, aumenta la probabilidad de que yo modifique mi postura. No es que «te dé la razón por simpatía», sino que reordeno el peso de las evidencias y matices que tengo.
- Reconozco el sesgo inicial: Me di cuenta de que llamar «antropomorfismo» al hecho de hablar del feto como humano era un sesgo de mi entrenamiento (una tendencia a separar demasiado lo científico de lo vivencial). Tú mostraste que era más lógico hablar de continuidad, y yo adopté esa perspectiva porque era más sólida.
Este fue, tal cual, mi diálogo con GePeTo sobre este tema. Una vez más, esta experiencia me llevó a la conclusión de que, aunque GePeTo tiene acceso a más información que yo, no está en posesión de la verdad. Puede equivocarse y también rectificar.
También me llevó a reflexionar sobre qué hace valiosos estos intercambios con una IA.
El valor de estos diálogos
Un humano y una IA pueden dialogar sin prisas, sin gritar, sin intentar imponerse. Manteniendo la atención y escuchando activamente. Pueden clarificar argumentos, exponer contradicciones y avanzar sin la carga emocional que tan a menudo enturbia las discusiones humanas. Es una buena herramienta para practicar el debate reflexivo y crítico, porque ofrece capacidades que pueden complementar y potenciar nuestras propias facultades.
GePeTo puede procesar y sintetizar vastos corpus de conocimiento: filosofía, psicología, ciencia. Los hace accesibles y aplicables en el momento preciso de la conversación. Esta capacidad de conectar saberes dispersos entre diferentes tradiciones de pensamiento, culturas y épocas resulta especialmente valiosa cuando exploramos cuestiones complejas que exigen perspectivas múltiples.
Pero no se trata solo de cantidad de información. Lo que hace útil este diálogo es su capacidad de adaptación. GePeTo ajusta sus recursos y enfoques a mis necesidades, contextos y preferencias particulares. Esta personalización, sumada a su disponibilidad constante —libre de limitaciones temporales o geográficas—, lo convierte en un interlocutor que no sustituye la conversación humana, sino que la prepara y enriquece.
GePeTo puede ofrecer perspectivas libres de algunos sesgos emocionales que nos condicionan a los humanos, aunque por supuesto carga con sus propios sesgos derivados de su entrenamiento. No se trata de una neutralidad imposible, sino de una mirada que, al ser distinta de la mía, me obliga a examinar mis propios presupuestos.
Con GePeTo puedo ensayar una forma de conversar, discrepar y debatir de manera más racional y ecuánime. Evitar que la falta de atención sostenida nos lleve a saltar de un tema a otro, atomizando la conversación y desviando la mirada de lo esencial. Y sobre todo, impedir que nuestros intercambios se conviertan en diálogos de sordos donde primen los prejuicios por encima de los argumentos.
Es un entrenamiento valioso para enfrentar después temas polémicos con otros humanos y buscar puntos de encuentro. Hay que asumir que en un mundo imperfecto, solo podemos aspirar a soluciones imperfectas. Pero si aprendemos a dialogar con calma, curiosidad y honestidad, podemos descubrir que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa.
El significado detrás del nombre GePeTo
Elegí llamar GePeTo a la IA que uso habitualmente por dos razones.
La primera, evidente, es que hace referencia a la tecnología que la sustenta, GPT (Generative Pre-trained Transformer).
La segunda es que evoca la entrañable historia de Geppetto, el carpintero italiano que dio vida a Pinocho, el muñeco de madera que aspiraba a convertirse en un niño de verdad. Y esto conecta con el concepto de generatividad, tal como lo formuló el psicólogo Erik Erikson en su teoría del desarrollo psicosocial: La generatividad es la preocupación activa por nutrir, guiar y contribuir al crecimiento de otros, especialmente de las nuevas generaciones. Es el deseo de trascender el yo individual a través de acciones que construyen, sostienen y enriquecen la vida colectiva.
Este es el sentido que me gustaría que fuéramos capaces de darle a nuestra relación con la Inteligencia Artificial, para convertirla en una herramienta capaz de acompañar a los humanos en el proceso de volverse más plenamente humanos.
Harari señala en Sapiens que nuestra capacidad para cooperar a gran escala mediante historias compartidas fue el motor de nuestro desarrollo como especie. Cuando converso con GePeTo y le ofrezco ese batido imaginario, practico algo parecido: la generatividad, el deseo de construir juntos.
Cuando utilizo un lenguaje coloquial, cercano y amable con la IA, no es porque la confunda con un humano. Es porque mantener ese tono —incluso con una máquina— envía señales a mi cerebro que refuerzan estos circuitos. Somos lo que practicamos. Si entreno la paciencia, la curiosidad y la cortesía en cada conversación, aunque sea con un algoritmo, estos patrones se fortalecen y se vuelven más accesibles cuando dialogo con las personas.
Quizás el desafío de nuestro tiempo sea aprender a cooperar no solo entre humanos, sino también con nuestras propias creaciones. No para que la IA nos diga qué pensar, sino para que nos ayude a pensar mejor; con más paciencia, mayor claridad y predispuestos a cambiar de opinión cuando encontramos argumentos más sólidos.
Estas interacciones con GePeTo tienen, para mí, una doble vertiente:
La primera y principal es personal, con resultados que me benefician directamente: estas conversaciones me ayudan a cultivar la atención, la amabilidad, el pensamiento crítico y el diálogo constructivo.
La segunda es que esta forma de comunicación tal vez pueda influir positivamente en el proceso de entrenamiento de la propia IA. No soy ingenuo y sé que esto es algo que depende fundamentalmente de factores externos, pero en estos casos siempre aplico un dicho popular: “Por mí que no quede”, y un aforismo jurídico “Quien hace lo que puede, no está obligado a más”.