Reflexiones en torno a un incidente doméstico

Angel

Hace un par de días asistimos en familia a una proyección de La forza del destino, de Verdi. Salí del cine comentando el poder transformador del arte: cómo situaciones dramáticas y absurdas del comportamiento humano pueden convertirse en belleza que emociona cuando la música, el canto y la interpretación las subliman.

Al llegar a casa, el destino nos tenía preparada una sorpresa desagradable: habían entrado a robar.

La biología en acción

No fue una experiencia traumatizante, ni mucho menos, pero es cierto que cuando tu espacio más íntimo ha sido invadido la sensación de vulnerabilidad es evidente. Aquello que sabes que puede pasar, ha pasado. No a otros sino a ti. Y esto es algo que afecta a todas las capas entrelazadas de nuestro ser.

Es una situación inesperada y amenazante, con una respuesta emocional automática: desconcierto, temor e ira. El cuerpo se activa, la mente se estrecha, la respiración se acelera. Es la biología de la supervivencia, grabada en millones de años de evolución.

Es precisamente en esos momentos cuando más necesario resulta mantener el control sobre las propias emociones. Entrenarnos mentalmente para situaciones de este tipo evita que, al reaccionar impulsivamente, cometamos errores que nos perjudiquen. Además, mejora nuestra capacidad de respuesta ante lo inesperado.

He hablado en otro artículo acerca de la necesidad de cultivar la fuerza interior, de entrenar la calma y la determinación para afrontar los momentos en que aflora la vulnerabilidad, el conflicto y la incertidumbre. Es entonces cuando se pone a prueba nuestra templanza y nuestra capacidad de responder con eficacia

Tener bien interiorizados recursos como la respiración consciente, la sonrisa interior y la mirada atenta es una ayuda inestimable para valorar correctamente la situación y actuar en consecuencia. Desde la calma y la atención entrenada puedo protegerme mejor —física y mentalmente— que desde el impulso reactivo.

Desaparece lo material pero lo esencial permanece

Cuando todo parece ir mal, enfocarse lo antes posible en lo que está bien es de las mejores cosas que podemos hacer. Ayuda a no caer en una espiral de negatividad y permite empezar a recomponerse rápidamente. En eso consiste fluir con la vida.

Oscar Wilde expresó con ironía una verdad profunda: hay quienes conocen el precio de todo y el valor de nada.

Este robo me ha hecho reflexionar sobre algo aparentemente paradójico: cuando me arrebatan un objeto valioso —una joya que perteneció a mi madre, por ejemplo— solo pierdo algo material, pero no lo esencial.

El ladrón puede llevarse la forma, pero no el contenido; puede quedarse con el símbolo, pero no con su significado. Y eso es lo que realmente cuenta: el valor de la memoria no está en la joya, sino en mi conciencia.

Lo material desaparece, pero el sentimiento permanece intacto. Puede que incluso se intensifique al faltar el objeto que lo evocaba, volviéndose así más puro, más auténtico.

De algún modo, la pérdida nos invita a esa clarificación si realmente practicamos el desapego.

Por supuesto que perder determinadas cosas tiene dimensiones prácticas que van más allá de lo simbólico. Me alegré mucho, y mi estado de ánimo cambió de inmediato, al comprobar que no habían tocado ni los ordenadores ni la documentación. 

El dilema entre libertad y seguridad

Estas situaciones invitan a reflexionar, no solo a teorizar, sobre un tema recurrente: ¿hasta dónde estamos dispuestos a renunciar a la libertad por sentirnos seguros?

El miedo —ya sea al delito, al virus o al otro— ha sido siempre la coartada perfecta para ceder autonomía, a veces de manera impuesta pero en muchos casos voluntariamente. Las sociedades, como los individuos, tienden a sacrificar libertad cuando el temor domina. Es un patrón tan antiguo como la historia humana.

Hay que partir de la base de que el riesgo cero no existe, y que tratando de evitar exageradamente todos los riesgos, incrementamos nuestros miedos, alimentamos la desconfianza y restringimos nuestra libertad de elección. La promesa de seguridad absoluta convierte a los ciudadanos en súbditos sumisos, y a las sociedades en cárceles más o menos confortables.

Prefiero asumir niveles razonables de riesgo y de desorden, pero con espacio para la espontaneidad, la confianza y el error. Y esto es precisamente lo que necesito recordar en momentos como este, porque una cultura que incita a tratar de erradicar permanentemente el riesgo y la incomodidad, acaba generando individuos frágiles y temerosos.

Algunas investigaciones en inmunología apuntan a que el exceso de asepsia podría correlacionarse con mayor incidencia de alergias y enfermedades autoinmunes. Por otra parte, el empleo excesivo e indiscriminado de antibióticos dio lugar a la aparición de las superbacterias, uno de los mayores riesgos que deberemos afrontar en el futuro. En dosis razonables, tanto el cuerpo como la mente necesitan cierto nivel de desafío para fortalecerse.

También podemos observar que la generalizada disponibilidad de armas y una cultura que promueve su uso para la autodefensa, han contribuido decisivamente a que Estados Unidos sea una de las sociedades occidentales con mayores índices de violencia armada. Y veremos hacia dónde nos conduce la vorágine armamentística que, en nombre de la seguridad, se está desplegando por todo el mundo.

Cuando pensemos en estos escenarios, no nos olvidemos que todos se basan en nuestros miedos.

Mientras reflexiono sobre cuánta seguridad necesito frente a «los otros» —los que roban, los que amenazan—, no puedo ignorar que yo también formo parte de cadenas de violencia que quedan diluidas en la complejidad del sistema.

La violencia que no vemos y la mirada compasiva

La violencia está incrustada en el sistema que nos sostiene. La tecnología que utilizo, por ejemplo, precisa minerales como el coltan que provienen de lugares donde hay explotación infantil, guerras y miseria. En sentido estricto no soy culpable de esa violencia, pero sí partícipe involuntario de un entramado que la sostiene y reconozco que, en muchos aspectos, mi bienestar depende del sufrimiento de otros.

Tomar conciencia de esta verdad incómoda, me lleva a pensar que, si bien no puedo eliminar la violencia del mundo, al menos trataré de evitar la victimización cuando la violencia me alcance en forma de robo, injusticia o mala suerte.

En la misma línea, también procuro mantener una mirada compasiva sobre los seres humanos, aunque es lógico que no resulte sencillo sentir compasión por quien te ha dañado. Existe una tensión difícil de resolver entre el agravio sufrido y el intento de comprender, que no justificar.

Sin embargo, es precisamente en circunstancias como esta cuando menos quiero alimentar emociones tóxicas. Lo hago fundamentalmente por mí. Dice una metáfora budista que el odio es un carbón encendido que uno lanza con la mano desnuda. El primero en quemarse es quien lo arroja. Lo mismo podemos decir del miedo, la ira o el resentimiento.

La rueda del destino

Del mismo modo que en la ópera la tragedia se transforma en belleza, en la vida la adversidad puede transformarse en sabiduría.

Vivir en paz no significa huir de la violencia, sino integrarla en una comprensión más amplia. La serenidad se construye a través de aceptar, desde la lucidez, que el mundo es imperfecto y nosotros también lo somos. La calma verdadera nace al comprender que no hay destino sin riesgo, ni libertad sin vulnerabilidad. Y que, en última instancia, la fuerza del destino no está fuera, sino dentro de nosotros.

Esta capacidad de respuesta serena tiene, además, implicaciones profundas para nuestra salud. El estrés crónico —ese estado de alerta permanente que genera el miedo no resuelto— se asocia con inflamación sistémica, envejecimiento celular acelerado y deterioro cognitivo. Aprender a gestionar la adversidad sin quedar atrapados en la reactividad no es solo sabiduría filosófica, es medicina preventiva.

Estos días he recordado una frase de Marco Aurelio:

«No te turbe nada externo: el daño no está en lo que ocurre, sino en cómo lo interpretas.»

Lo que marca nuestro destino no es lo que nos ocurre, sino lo que hacemos con aquello que nos ocurre. Los momentos de adversidad son los mejores para reexaminar el estado de los engranajes de la rueda del destino: las emociones que sentimos, los pensamientos que generamos, las palabras que empleamos y las decisiones que tomamos. 

Solo así podemos influir positivamente en nuestro destino.

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